El calor nos trae el primer concierto de temporada

La Orquesta Sinfónica Nacional celebra 85 años con Dvorák, Shostakóvich y un programa con grandes obras

La Orquesta Sinfónica Nacional celebrará sus 85 años con Dvorák, Shostakóvich y una temporada de lujo. (Cedida por Teatro Nacional de RD)

Para abrir la Temporada Sinfónica 2026, en el marco del 85 cumpleaños de la Orquesta Sinfónica Nacional, el maestro José Antonio Molina ha escogido dos obras contundentes: la Sinfonía n.º 7 en re menor, op. 70, B141, de Antonín Dvorák, y la Sinfonía n.º 5 en re menor, op. 47, de Dmitri Shostakóvich.

Una temporada que comienza en re menor

Ambas comparten la misma tonalidad principal (re menor), un carácter profundamente dramático y son consideradas las obras más maduras y serias dentro del catálogo sinfónico de sus respectivos autores.

Las dos sinfonías demostrarán la madurez y solidez de la Orquesta y su director titular: una apuesta ganadora.

La tonalidad en re menor está tradicionalmente asociada con la tragedia, la solemnidad y el destino. Estas obras rompen con la ligereza y el folclorismo previo de los compositores para elevarse hacia un conflicto trágico y una lucha interna monumental.

Transitan por pasajes oscuros, inquietantes y de marcha implacable, culminando en finales apoteósicos donde la resolución en tonos mayores genera debate sobre si es un triunfo real o una victoria forzada y ambigua, poniendo a prueba la calidad de la orquesta.

Dvorák: una sinfonía para conmover al mundo

La Séptima Sinfonía de Dvorák, comisionada por la Sociedad Filarmónica de Londres en 1885, fue uno de los grandes triunfos de la carrera del compositor y, desde entonces, la crítica la ha considerado como su obra maestra. El éxito del estreno mundial de la obra en Londres, en 1885, garantizaría su prestigio.

Dvorák (1841-1904) se inspiró en el creciente movimiento nacionalista del pueblo checo, que durante mucho tiempo había estado sometido al Imperio austrohúngaro. Al igual que sus compatriotas checos, Dvorák ansiaba alcanzar la fama más allá de las fronteras de Praga.

Lo consiguió, en gran parte, gracias al apoyo incondicional de Brahms y a la acogida internacional de sus Danzas eslavas y su Stabat Mater, entre otras obras.

Dvorák se sintió obsesionado por la obra, tanto por su potencial como declaración personal como por su capacidad de expresar ese incipiente patriotismo checo. En una carta a un amigo, escribió:

  • «En estos momentos estoy ocupado con mi nueva sinfonía y, allá donde voy, no pienso en otra cosa que no sea esta nueva obra que debe ser capaz de conmover al mundo; ¡que Dios quiera que así sea!».

Esta Séptima Sinfonía lo logró. Fue uno de los grandes triunfos de su carrera. El compositor buscaba crear una pieza de gran trascendencia europea capaz de conmover al mundo y honrar a su patria checa.

La Séptima Sinfonía goza de un lugar especial dentro de las nueve sinfonías del compositor. Se distingue por la ausencia de melodías de inspiración eslava, características del período eslavo anterior del compositor y con las que suele asociarse su estilo compositivo.

A pesar de su impacto dramático, se trata también de una obra profundamente íntima, en la que el compositor examina los recovecos de su alma y las respuestas a cuestiones fundamentales de la existencia humana.

Se trata de un ejemplo supremo de escritura sinfónica que se sitúa al nivel de algunas de las obras más importantes del desarrollo del género sinfónico posterior a Beethoven.

El primer movimiento, Allegro maestoso, comienza con un llamativo primer tema en re menor; Dvorák se inspiró para escribirlo tras presenciar cómo un tren de nacionalistas anti-Habsburgo desembarcaba en una estación de Praga.

El segundo movimiento, más lento (Poco adagio), es a la vez solemne y bucólico: una melodía de carácter coral interpretada por los instrumentos de viento, a los que les siguen las cuerdas y un ávido solo de flauta. El ambiente se vuelve más sombrío, varía y termina de forma dulce y optimista.

El tercer movimiento es un Scherzo basado en un furiant, una exuberante danza folclórica checa. Sus ritmos se entrecruzan, de carácter alegre, y evocan una divertida escena en la calle. La cadencia final de la coda en re menor nos devuelve a la tonalidad principal.

El Finale inicia de forma enigmática, aunque pronto recupera la energía y el tono amenazante. A medida que se desarrolla, Dvorák vuelve a la majestuosidad patriótica del movimiento inicial, a la contemplación del Adagio y al entusiasmo del Scherzo.

El insistente re menor da paso, por fin, a la gloriosa luminosidad del re mayor, terminando con lo que algunos críticos llaman «una majestuosa declaración de dignidad espiritual».

Shostakóvich: entre la sombra y el triunfo

Escucharemos luego del intermedio la Sinfonía n.º 5 en re menor, op. 47, de Dmitri Shostakóvich (1906-1975), uno de los músicos más reconocidos del siglo XX. Su obra es muy variada en cuanto a géneros y estilos.

La Sinfonía n.º 5 fue compuesta entre abril y julio de 1937 y es uno de los trabajos más populares del compositor ruso. Escribió 15 sinfonías, además de conciertos y otras obras que son ejemplo de las formas clásicas del siglo XX.

Definida por su autor como una «sinfonía lírico-heroica», su idea principal es la experiencia emocional y el optimismo triunfante del hombre. Quería mostrar cómo, venciendo una serie de conflictos trágicos, debidos a la lucha intensa que agita violentamente al alma humana, nace el optimismo como una concepción del mundo.

«Toda obra de arte contiene elementos autobiográficos y el tema de mi sinfonía es el de un hombre que se está haciendo». Se estrenó en noviembre de 1937, interpretada por la Orquesta Filarmónica de Leningrado, logrando un enorme éxito.

Shostakóvich compuso su Quinta Sinfonía en un momento crítico de su carrera, pues, por primera vez (y no sería la última), se enfrentó al desagrado de Stalin y a su opresión. Esto se debió a su ópera «Lady Macbeth de Mtsensk», cuya intensidad expresionista y narrativa brutal ofendieron al tirano.

En enero de 1936, el periódico soviético «Pravda» dedicó una columna feroz a condenar la ópera. En el mundo de Stalin, ese tipo de críticas no solo ponían en peligro la carrera profesional, sino también la vida.

Shostakóvich no intentó ganar favores ni con una cantata patriótica ni con una oda aduladora. Prefirió una sinfonía, la más formalista de las formas, que siempre había sido un misterio para los responsables políticos soviéticos, ya que una obra sin letra no puede apoyar o condenar expresamente al régimen.

La Quinta Sinfonía, estrenada en noviembre de 1937, fue recibida con enorme entusiasmo y alivio, ya que poseía todas las cualidades necesarias para rehabilitar al compositor: un lenguaje musical sencillo y directo, melodías extensas y bien esbozadas y, sobre todo, una fanfarria positiva al final, que disipaba todas las sombras y dudas.

Al mismo tiempo, tenía una seriedad y una complejidad que la elevaban muy por encima del nivel de insípida humillación que podría haber sido su respuesta.

Shostakóvich describió la nueva obra como «la respuesta de un artista soviético a la crítica justa». Se dice que dijo a sus allegados que el final era un retrato satírico del dictador, deliberadamente hueco, pero disfrazado de adulación exuberante.

Shostakóvich podía presentar un doble mensaje de esta manera. El oyente debe leer en esta música cualquier significado que pueda encontrarse aquí; su fuerza y profundidad nos permitirán revisar nuestras impresiones en cada audición.

La obra, en cuatro movimientos, deja ver en sus primeros dos movimientos las sombras de Beethoven y de Mahler:

  • el primero muestra una gran maestría en el control del tempo, que pasa de lento a rápido y viceversa
  • el segundo está escrito en un lenguaje folclórico, con trazas del espíritu jocoso propio de todos los scherzos.
  • el tercer movimiento destaca por la excelente calidad de la escritura para cuerdas; no hay metales en este movimiento, y sobresale por su intensidad expresiva.
  • por el contrario, el finale ofrece a los metales y a la percusión la oportunidad de demostrar su poderío. El lenguaje de la música sigue siendo para siempre inescrutable.

Nos vemos el miércoles 12 de agosto para escuchar estas dos fabulosas sinfonías interpretadas por nuestra Orquesta Sinfónica Nacional.

Estudió artes liberales. Es curiosa y le encanta escribir. La lectura y la música son su pasión. Esa pasión le ha llevado a estudiar y tratar de profundizar en un océano lleno de notas inacabables y pleno de placer.