La belleza huele a muerte

El costo mortal de perseguir un ideal estético inalcanzable

La belleza lo puede todo, dicen.  En esa afirmación, repetida como mantra, se esconde una forma elegante de violencia. No la del golpe ni la del grito, sino la más sutil: la que convence. La que persuade a una mujer de que su cuerpo es un proyecto inacabado, una obra defectuosa que debe corregirse a bisturí limpio.

En esa búsqueda —menos de perfección y más de aceptación— aparece la muerte, cada vez más cotidiana. La noticia ya no sorprende.  Otra intervención, otro centro dudoso, otro nombre que se suma a una lista que el país parece empeñado en normalizar. Como si la tragedia fuera el precio de entrada a un ideal que nadie termina de alcanzar.

Hay, por supuesto, responsabilidades claras. El intrusismo médico es en Dominicana una práctica concreta, peligrosa, lucrativa. Clínicas sin habilitación, manos sin formación, controles que llegan tarde o nunca. El Estado mira y a veces actúa, pero siempre después. En ese “después” caben la indignación, el luto, la promesa de rigor que se diluye con la siguiente noticia.

Reducirlo todo a la falla institucional sería cómodo, incluso indulgente.  También hay una responsabilidad íntima, silenciosa, compartida. La de haber aprendido a mirar el cuerpo propio con sospecha. La de aceptar, sin demasiada resistencia, que la belleza es un molde y no una experiencia. Que hay una versión mejor de uno mismo esperando ser descubierta… en una sala de operaciones.

La naturaleza, con su obstinación imperfecta, no necesita correcciones. Somos nosotros quienes, educados en la insatisfacción, insistimos en torcerla. En ese gesto —tan humano, tan cultural— se nos va, a veces, la vida.

Puede que el problema no sea la cirugía, sino la fe ciega en que nos salvará. Como toda fe mal puesta, termina cobrando.

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