VIDEO | “La verdad”: lo bueno, lo interesante y lo mejorable de la hilarante obra teatral
La versión dominicana de la comedia de Florian Zeller destaca por su dinámica puesta en escena y el desempeño del elenco integrado por Frank Perozo, Nashla Bogaert, David Maler y Crystal Jiménez, en cartelera hasta el 21 de marzo
En el teatro, como en la vida, la verdad rara vez aparece desnuda. A veces se esconde detrás de una frase ingeniosa, otras se disfraza de ironía, y en ocasiones, como ocurre en "La verdad", se convierte en el motor de una comedia elegante, aguda y profundamente humana.
La versión dominicana de esta obra, presentada por tercera temporada en la Sala Máximo Avilés Blonda del Palacio de Bellas Artes, confirma por qué este texto del dramaturgo francés Florian Zeller continúa seduciendo públicos en distintos países.
Desde su estreno, el montaje logra algo que no siempre es sencillo en la comedia de enredos: sostener el ritmo sin sacrificar la inteligencia del texto.
Bajo la dirección de Pepe Sierra y la producción de Bougroup, la pieza se presenta del 13 al 21 de marzo con un elenco que demuestra solvencia escénica y una química que mantiene al público atento durante toda la función.
El argumento es, en apariencia, simple: cuatro personajes atrapados en una red de engaños sentimentales donde la infidelidad, la manipulación y las medias verdades se entrecruzan con una precisión casi quirúrgica. Pero lo que podría ser un simple vodevil se transforma en algo más sofisticado.

Zeller plantea una pregunta incómoda: ¿qué pasaría si la mentira no fuera el enemigo de las relaciones humanas, sino su frágil sostén? En ese terreno ambiguo se mueve la obra, donde la verdad nunca es absoluta, sino un espejismo que cambia de forma según quién la pronuncie.

El elenco, integrado por Frank Perozo, Nashla Bogaert, David Maler y Crystal Jiménez, se desplaza con soltura dentro de este laberinto de equívocos. Jiménez asume el papel de Laura, rol que anteriormente interpretaba Hony Estrella, aportando frescura al conjunto y adaptándose con naturalidad al engranaje interpretativo del grupo.
Interpretaciones y puesta en escena
Las actuaciones, en general, sostienen el tono ligero y punzante que exige la dramaturgia. Cada intérprete encuentra momentos para destacar sin romper el delicado equilibrio del conjunto, algo fundamental en una obra donde el ritmo y la complicidad entre personajes son parte esencial del mecanismo cómico.
La puesta en escena merece una mención especial. La escenografía de Fidel López propone un espacio funcional y elegante que favorece el dinamismo del texto, mientras que la iluminación de Ernesto López subraya con eficacia los cambios de tono entre la comedia ligera y el juego psicológico que atraviesa la obra.

A esto se suman el vestuario de Yelayny Placencia y el maquillaje de Ana María Andrickson, elementos que completan una estética cuidada sin caer en excesos.
Uno de los momentos más celebrados de la función llega con la aparición de Pepe Sierra en escena. Aunque su participación es breve, su presencia provoca una reacción inmediata del público. No es solo el reconocimiento a su trayectoria, sino la manera en que su intervención añade una chispa adicional al ritmo de la obra.

Como en todo montaje, hay aspectos que podrían pulirse. Algunos pasajes podrían beneficiarse de transiciones más ágiles (el público no debió notar los cambios de escenarios, rompe un poco la magia) o de un manejo más marcado de las pausas cómicas. Hubo silencios que no parecían planeados.
Tras el ritmo ágil y los constantes giros que sostienen la atención durante toda la función, el cierre parece resolverse con cierta rapidez, dejando en el espectador la impresión de que ese último momento dramático pudo haber tenido un desarrollo más contundente.
Aunque, por la naturaleza de la obra, se percibe que la intención del final es dejar al espectador con varias preguntas abiertas: ¿qué era realmente verdad y qué era mentira? Esa ambigüedad, coherente con el espíritu de la pieza, quizá pudo desarrollarse con mayor claridad dramática.
Sin embargo, estos detalles no opacan el resultado general. La obra funciona, entretiene y, sobre todo, invita a reflexionar, entre risas, sobre la fragilidad de la sinceridad en nuestras relaciones cotidianas.
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- En su tercera temporada, "La verdad" confirma que el buen teatro no depende únicamente de grandes artificios, sino de un texto sólido, una dirección clara y actores capaces de sostener la tensión dramática con naturalidad. El resultado es una propuesta escénica inteligente, entretenida y muy bien ejecutada.
- Si surge la oportunidad de verla, vale la pena. Porque al final, como sugiere la propia obra, quizás la verdad no siempre sea lo que más necesitamos escuchar… pero sí lo que más nos divierte poner en duda sobre el escenario.

Jeury Frías