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En la variedad está el gusto

Los diminutivos son ejemplo de la riqueza de nuestra lengua

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En la variedad está el gusto
La infinita riqueza morfológica de los diminutivos en español. (SHUTTERSTOCK)

¡Cuántas veces habremos oído y leído de la riqueza de nuestra lengua! Al menos en esta nuestra Eñe, muchas veces. No me canso de compartir mi admiración por su infinito caudal de palabras y expresiones.

Esta variedad y abundancia se muestra incluso en la gramática, que suele estar compuesta por conjuntos cerrados y finitos de elementos.

Escribía yo hace unas semanas sobre las muy diversas interpretaciones de los diminutivos. Hoy vamos a volver a ellos, y nos vamos a fijar no tanto en su significado como en su forma; en lo que técnicamente llamaríamos su morfología.

Si pensamos en la forma de los diminutivos seguro que se nos viene a la mente el más habitual en el mundo hispánico: -ito, -ita. Pensaremos así en un juguito o en una picaderita.

En la lengua medieval y clásica el sufijo más frecuente era -illo, -illa. Pero la cosa no acaba aquí. Si consultan la Nueva gramática de la lengua española de la RAE encontrarán reseñados hasta nueve sufijos diminutivos:  -ejo/-eja, -ete/-eta, -ico/-ica, -illo/-illa, -ín/-ina, -ino/-ina, -ito/-ita, -uco/-uca, -uelo/-uela.

Y no solo nueve: la RAE cierra la lista con un socorrido etcétera, seña de que alguno más debe haberse quedado por ahí; por ejemplo, a mi modo de ver, falta un precioso sufijo diminutivo dominicano: -ningo, -ninga.

Y es que el uso más o menos frecuente de estos sufijos está muy ligado a la historia de la lengua y de las variedades dialectales del español.

Las gramáticas no suelen ser divertidas; al menos no para la mayoría «cuerda». Sin embargo, el apartado dedicado a los diminutivos de la Nueva gramática académica lo es.

Es un mérito que no podemos atribuir por completo a los redactores académicos, sino más bien a la naturaleza de los diminutivos.

Nos explica la gramática que algunos sustantivos y adjetivos admiten varios sufijos diminutivos y no, no se trata de abundar en la materia, se trata de expresar distintos matices; juzguen ustedes mismos el ejemplo de ladrón: ladroncete, ladroncillo, ladroncito, ladroncico, ladronzuelo, eso sin meternos en el aumentativo ladronazo.

Por si todo esto fuera poco, nuestra lengua permite rizar el rizo. Es posible encadenar varios morfemas apreciativos con el mismo significado en una sola palabra. Podemos hacerlo con los diminutivos; si ya un chin es poco, imagínense ustedes un chininín, o un chinininín

Traten de imaginar el tamaño de algo que es chiquininingo.  Podemos hacer algo ahora, ahorita o ahoritita. La lengua nos permite jugar también con la acumulación de aumentativos; si ya destacamos al ladronazo, ¿qué me dicen ustedes del ladronazazazo? Si calificamos a alguien de bárbaro, aumentamos la intensidad con el barbarazo o con el barbarazazo.

Esta especial morfología de los diminutivos, que en cierto modo comparten con sus parientes morfológicos los aumentativos y los despectivos, trae a los gramáticos de cabeza. Lo que sí es seguro es que no encontrarán diminutivos en los diccionarios.

Si así fuera, para ladrón, la palabra de nuestro ejemplo, necesitaríamos no solo una entrada, sino al menos seis. Multipliquen eso por el número de sustantivos, adjetivos y adverbios susceptibles de convertirse en diminutivos, aumentativos o despectivos.

Sí encontraremos en los diccionarios algunos diminutivos lexicalizados, es decir, que se han fijado en el sistema léxico del español con un nuevo significado. Serán los protagonistas de la próxima Eñe.

TEMAS -

María José Rincón González, filóloga y lexicógrafa. Apasionada de las palabras, también desde la letra Zeta de la Academia Dominicana de la Lengua.