El costo psicológico de quedarte en un trabajo que no te gusta
La insatisfacción laboral sostenida puede afectar tu bienestar emocional, tus relaciones y hasta tu salud física

Los días pasan en el trabajo y cada vez te sientes más desmotivado y agobiado. Piensas que es solo “una mala semana”, pero llega la siguiente y se siente igual o incluso peor.
Entonces, vale la pena preguntarte si realmente se trata de una desmotivación pasajera o si estás ante una pérdida de satisfacción que puede ser una señal de que necesitas cambiar de trabajo.
Para saber si ese malestar es temporal o responde a algo más profundo, la psicóloga Nadia Ventura, de @lotuscentrointegral, recomienda prestar atención a cómo te relacionas con lo que haces cada día.
“Cuando lo que haces no te genera ninguna satisfacción, ningún sentimiento de logro ni de qué quieres crecer o mejorar ya estamos hablando de que no te está gustando tu trabajo”, explica.
Una semana difícil, en cambio, suele estar relacionada con circunstancias específicas. “Cuando pasa una mala semana, es normal que las personas se sientan abrumadas, desanimadas e incómodas, pero a diferencia de cuando ya no le gusta su trabajo estos sentimientos son temporales y van de la mano con una o varias situaciones puntuales”, señala.
El estrés también merece atención. Si se mantiene durante mucho tiempo y no hay mejoría, puede convertirse en una señal de alerta.
“En cuanto al estrés puede ser aún más complejo porque podrían sentarse las zapatas de un síndrome de burnout si el tiempo del mismo es muy prolongado y sin mejora alguna”, advierte la profesional.
Cuando el trabajo empieza a pesar demasiado
La insatisfacción laboral sostenida puede tener un costo importante en el bienestar emocional. Pasar gran parte del día en un lugar que genera rechazo puede terminar afectando la manera en que te sientes y percibes tu rutina.
“Tiene un altísimo costo. La realidad es que pasamos mucho tiempo en el espacio de trabajo, y permanecer en un lugar donde la persona no se siente activa, animada o con deseos, hace que el día a día sea se vuelva una pesadilla, que su estado de ánimo cambie de manera negativa, que su cuerpo se sienta comprometido a tal punto que sienta que se está enfermando al estar en ese lugar”, afirma la psicóloga.
Ese desgaste puede manifestarse de distintas maneras. Rabia, tristeza, desconsuelo, indiferencia o apatía pueden comenzar a formar parte del día a día.
A nivel psicológico, Ventura señala que también pueden aparecer cuadros de ansiedad, depresión, dificultades para realizar las tareas, fallas en la memoria y alteraciones del sueño, ya sea dormir demasiado o tener dificultades para conciliar el sueño.
Sin embargo, esto no quiere decir que todas las personas que atraviesan una etapa de insatisfacción laboral desarrollarán estos problemas.
El malestar no termina al salir de la oficina
El cansancio y la frustración que genera un trabajo que ya no satisface pueden acompañarte de regreso a casa y afectar la manera en que te relacionas con quienes te rodean.
“Todo lo descrito anteriormente no solo sucede en el trabajo, sino que migra a todos los aspectos donde la personas participa. La frustración, rabia, indiferencia o depresión se convierten en modo de vida que se derrama en todas las personas cercanas, (familiares, amigos, etc.) generando conflicto en las relaciones y vínculos cercanos”, explica Ventura.
El impacto también puede sentirse físicamente. La especialista recuerda la conocida frase del psiquiatra neerlandés Bessel van der Kolk, “El cuerpo lleva la cuenta”, para explicar cómo determinadas experiencias psicológicas pueden expresarse mediante síntomas físicos.
“Estas afectaciones psicológicas van a empezar a expresarse a nivel físico (lo que los terapeutas llamamos somatizar) como: dolores de cabeza constantes, problemas gastrointestinales, tensión muscular, falta de deseo sexual, entre otras afecciones”, apunta.

¿Por qué es tan difícil renunciar?
Para muchas personas, renunciar implica enfrentarse a la incertidumbre económica, especialmente cuando conseguir un nuevo empleo puede tomar tiempo.
A esto se suman otros factores: la costumbre, el miedo a no encontrar una oportunidad mejor, la gratitud o lealtad hacia quien ayudó a conseguir el puesto y la sensación de seguridad que ofrece lo conocido, incluso cuando ya no resulta saludable.
En este escenario también pueden aparecer pensamientos que alimentan la culpa y el temor: “y si no soy suficiente”, “y si soy muy débil”, “no puedo dejar mi trabajo con esta situación económica” o “y si no encuentro algo más”.
Quedarte, entonces, no siempre significa que estés eligiendo conscientemente permanecer en un lugar que te hace daño. En ocasiones, estás intentando proteger tu estabilidad económica o la de tu familia mientras buscas una alternativa.
Una etapa difícil o una señal de cambio
No todo mal día en el trabajo significa que necesitas renunciar. Para distinguir una etapa complicada de una situación que requiere un cambio, Ventura recomienda observar principalmente el tiempo y las razones detrás del malestar.
“Aunque tanto en la etapa como en una situación laboral que requiere de cambio hay emociones desagradables (tristeza, agobio, incomodidad etc.) dos factores importantísimos a tomar en cuenta son el tiempo y las razones”, explica.
Si existe un evento concreto (una discusión, una semana muy exigente, una queja o un proyecto que salió mal) es posible identificar el origen del malestar y trabajar sobre él.
Pero cuando las emociones desagradables permanecen durante mucho tiempo sin una causa puntual, pueden indicar que el ambiente laboral está generando un desgaste más profundo.
“Una etapa conlleva un punto final y nuevas emociones más agradables aparecen. Sin embargo, vivir en un trabajo que ya no te satisface no se trata solo de una etapa pasajera, se trata algo que debemos cambiar”, sostiene.
Si todavía no puedes renunciar…
Si las circunstancias económicas o personales te obligan a permanecer temporalmente, hay pequeñas acciones que pueden ayudarte a recuperar cierta sensación de control mientras preparas tu próximo paso.
La primera es no atravesar el proceso en soledad. “La red de apoyo es importante, no te quedes con esas emociones guardadas, háblala con tu familia, terapeuta y amigos íntimos”.
“Es posible que tengan opiniones diferentes. No les estás hablando para que te hagan cambiar de opinión sino para desahogarte, porque en muchos momentos necesitamos tener esa válvula de respiro y expresar con alguien lo que sentimos”, recomienda la psicóloga.
Mientras preparas una salida, también puedes empezar a construir el siguiente paso: actualizar tu currículum, revisar ofertas laborales, explorar oportunidades y mantenerte abierto a nuevas propuestas.
“En lo que cambias de trabajo, ayuda poder tener una mentalidad de que esto no durará para siempre, y empezar hacer pequeñas cosas que sí estén bajo tu control que te ayuden a acercarte hacia ese cambio”, aconseja Ventura.
Mientras tanto, organizar mejor las responsabilidades puede hacer más llevadera la rutina. Dividir las tareas y concentrarte en una actividad a la vez puede ayudarte a manejar los niveles de estrés. También es importante permitirte breves momentos de desconexión durante la jornada.
“Por otro lado, permítete minutos de desconexión, donde puedas salir y tomar un poco de agua, ir al baño y lavarte la cara y brazos”, agrega.
Finalmente, Ventura invita a reconocer que el malestar acumulado puede aumentar la sensibilidad ante determinadas situaciones laborales. Una solicitud o comentario que normalmente tolerarías puede molestarte más cuando ya estás emocionalmente agotado.
“Tus compañeros o jefe no necesariamente tienen la responsabilidad de lo que sientes, por lo que trata de no sentir que son ataques a tu persona, sino al trabajo que en algún punto vas a terminar”, concluye.

Laura Ortiz Güichardo