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Grasa corporal
Grasa corporal

El poder de la grasa: lo que sí importa (y lo que ya no)

Varios expertos desmontan mitos y explican por qué no todas las grasas son iguales ni todos los cuerpos cuentan la misma historia

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El poder de la grasa: lo que sí importa (y lo que ya no)
El riesgo de la grasa visceral no siempre se refleja en la balanza. (SHUTTERSTOCK)

Durante años, la grasa fue la villana oficial de la alimentación. Evitarla parecía sinónimo de salud. Sin embargo, las reglas están cambiando.

A la luz de nuevas investigaciones -y tras la reciente actualización de la pirámide alimentaria en Estados Unidos-, la conversación ha girado: ya no se trata de eliminarla, sino de entenderla.

Y aquí es donde empieza el verdadero giro. Porque no, no todo lo que creías sobre la grasa es correcto.

Más que reserva: un órgano activo

Para empezar, la grasa corporal -el tejido adiposo- ya no se ve como un simple “depósito” de energía. Hoy sabemos que actúa como un órgano activo, capaz de producir hormonas y comunicarse con el cerebro y el sistema inmunológico.

Esto cambia por completo la narrativa. Tu cuerpo no solo almacena grasa: interactúa con ella.

Ahora bien, no toda la grasa se comporta igual. Mientras la que puedes pellizcar (subcutánea) suele ser menos problemática, la llamada grasa visceral -la que rodea los órganos- es otra historia. Esta sí está vinculada con inflamación, envejecimiento de órganos y enfermedades crónicas.

Menos obsesión, más criterio

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Infografía
Dónde se almacena la grasa es mejor predictor de salud que cuánto pesas. (SHUTTERSTOCK)

Durante décadas, el mensaje fue claro: reduce la grasa al mínimo. Pero hoy, los expertos coinciden en que esa recomendación se quedó atrás: la recomendación actual ya no es eliminar la grasa, sino entender su calidad y el papel que juega dentro de un patrón de alimentación equilibrado.

Y es que el enfoque actual ya no es minimizar la grasa a toda costa, sino prestar atención al patrón general de alimentación y, sobre todo, al tipo de grasa que consumes. Es más, los productos “sin grasa” muchas veces compensan con azúcar, lo que puede ser incluso peor.

De hecho, durante años se sustituyeron las grasas por carbohidratos refinados, y el resultado fue contundente: aumentaron la obesidad y la diabetes tipo 2.

Entonces, ¿qué hacemos ahora?

Calidad sobre cantidad

Aquí entra una de las claves más importantes: no todas las grasas son iguales.

Los expertos recomiendan priorizar las grasas insaturadas -presentes en alimentos como el aceite de oliva virgen extra, el aguacate, los frutos secos, las semillas o pescados como el salmón-, ya que ayudan a reducir el colesterol LDL (el “malo”).

¿Y las grasas saturadas? No se trata de eliminarlas por completo, sino de moderarlas. En general, se sugiere que representen menos del 10 % de las calorías diarias, aunque esto puede variar según el perfil de riesgo de cada persona.

Eso sí: sustituirlas por azúcares o ultraprocesados no es una mejora. El reemplazo importa tanto como la reducción.

No todo es lo que parece

Ahora bien, hay otro mito que también merece revisión: el de la apariencia. ¿Ser delgado significa estar sano? No necesariamente.

Existe incluso un término para describirlo: “delgado por fuera, graso por dentro” (TOFI). Se refiere a personas que, pese a tener un peso normal, acumulan grasa visceral y presentan riesgos metabólicos como resistencia a la insulina o colesterol elevado.

Kristin Kirkpatrick insiste en que la calidad de la dieta pesa más que la proporción exacta de macronutrientes. Y en algunos casos -como en personas con diabetes tipo 2 o hígado graso-, una dieta moderada o baja en carbohidratos puede ser más beneficiosa.

Más allá del peso: lo que realmente importa

Finalmente, hay un punto clave que cambia la forma de medir la salud: la ubicación de la grasa puede ser más relevante que la cantidad total.

Como señala Pérez, dónde se almacena la grasa es un mejor predictor de salud que cuánto pesas. Por eso, indicadores como la circunferencia de la cintura o ciertos marcadores metabólicos ofrecen una visión más precisa que el índice de masa corporal (IMC).

En resumen, la grasa ya no es el enemigo público número uno. El verdadero desafío está en aprender a diferenciar, elegir mejor y dejar atrás simplificaciones que ya no aplican.

Y es que

, al final, no se trata de eliminar la grasa… sino de entenderla.

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