Mi Copa Mundial en Sudáfrica: la primera final nunca termina
Memorias de Sudáfrica y el legado de un Mundial inolvidable

Conocía la Sudáfrica de los safaris y quedé enamorado. Esta vez me correspondía el país que debía conquistarse a sí mismo primero y luego a todo el mundo del fútbol. España vuelve ahora a una final mundialista. Se medirá con Argentina el domingo en el estadio de Nueva York-Nueva Jersey, dieciséis años después de aquella noche de Johannesburgo en la que Andrés Iniesta convirtió un derechazo en historia. La noticia me devuelve inevitablemente a 2010, pero no solo al gol, al trofeo o al equipo de Xavi, Villa y Casillas. Me devuelve a un país que disputaba simultáneamente dos campeonatos: uno sobre la cancha y otro, mucho más difícil, contra su pasado y contra la desconfianza del mundo.
Apenas dieciséis años antes, Nelson Mandela había asumido la presidencia tras las primeras elecciones democráticas y multirraciales del país. El apartheid pertenecía jurídicamente al pasado, aunque sus heridas continuaban inscritas en las ciudades, la economía y la distribución de las oportunidades. Organizar la primera Copa del Mundo en África era mucho más que construir estadios y recibir selecciones. Imprescindible mostrar que la nación surgida de la reconciliación podía funcionar, abrirse al planeta y ofrecer algo distinto de las imágenes de violencia, segregación y miedo que durante décadas la habían definido.
Meses antes del torneo había visto Invictus. La película de Clint Eastwood narra cómo Mandela comprendió que el rugby, deporte asociado históricamente con la minoría blanca, podía convertirse durante el Mundial de 1995 en instrumento de unidad nacional.
El deporte no borra las fracturas de una sociedad, pero puede ofrecerle, aunque sea durante unas horas, una imagen de sí misma en la que todos quieran reconocerse. El Mundial de rugby había ayudado a reconciliar a Sudáfrica consigo misma. Tocaba al fútbol ganar la mirada exterior.
No resultaba sencillo
Me preocupaban la inseguridad y las boletas falsas. Compré un paquete en Londres. Se hablaba de asaltos, secuestros y zonas que el visitante debía evitar. En Johannesburgo me encontré alojado en un hotel a medio construir, en una habitación con el cemento al desnudo.
Primer partido en Pretoria, entre España y Chile, el 25 de junio. España había comenzado el torneo perdiendo contra Suiza y llegaba a aquella última jornada de la fase de grupos con la obligación de ganar. Para la selección campeona de Europa se trataba de sobrevivir. Para mí, antes de llegar al estadio, el desafío era más elemental: conducir hasta Pretoria, estacionar en una zona segura y regresar cerca de medianoche sin convertirme en protagonista de alguna de las historias alarmantes que había leído.
Dejé el coche bastante lejos del Loftus Versfeld. Durante unos segundos dudé. El estadio se encuentra rodeado por barrios residenciales, calles arboladas, edificios de apartamentos y oficinas. No tenía certeza de que aquel lugar improvisado fuera el más conveniente ni de que encontraría el vehículo intacto varias horas después, pero había multitudes por doquier.
Ríos de aficionados caminaban hacia el estadio. Españoles y chilenos vestidos de rojo, sudafricanos de amarillo, visitantes con camisetas argentinas, brasileñas o mexicanas, familias enteras y vendedores ambulantes. La masa humana anulaba cualquier sensación de aislamiento. No éramos individuos atravesando una ciudad extraña, sino participantes de una procesión universal cuyo santuario era una cancha de fútbol.
Aquella multitud produjo más seguridad que todos los controles policiales. El temor se fue disolviendo en la corriente de gente, en la organización, en los voluntarios y en la naturalidad con que la ciudad había cedido sus calles a la fiesta.
Después llegaron las vuvuzelas. Quienes siguieron el torneo por televisión las recuerdan probablemente como una molestia. En el estadio eran una presencia física. El sonido se escuchaba y se sentía en el cuerpo: un zumbido grave, continuo, semejante al de un gigantesco enjambre que hubiera decidido instalarse sobre las gradas.
La vuvuzela no respetaba las pausas, los nervios ni la tristeza. Sonaba antes del partido, durante el himno, después de un gol y en los minutos muertos. Al principio parecía ensordecedora. Luego se convertía en paisaje, como el rumor del mar o el ruido de una ciudad que nunca duerme. Era África negándose a organizar una Copa según los códigos acústicos de Europa.
También impresionaba la explosión de color. La camiseta amarilla de los Bafana Bafana se había convertido en uniforme nacional. Se veía en aeropuertos, restaurantes, carreteras, oficinas y estaciones de servicio. Sudáfrica creía en su equipo con una intensidad que desbordaba sus posibilidades futbolísticas. Su selección terminó eliminada en la primera ronda, pero el país no abandonó el Mundial. Adoptó a Ghana, siguió llenando los estadios y preservó intacta la celebración.
En Pretoria, España derrotó 2-1 a Chile. David Villa marcó desde muy lejos después de una salida imprudente del portero Claudio Bravo; Iniesta hizo el segundo y Chile descontó en la etapa final. Ambos equipos terminaron clasificándose. Para España, aquella victoria fue una liberación. La favorita que había comenzado tambaleándose recuperaba el control de su destino.
Mi ciudad favorita
Cuatro días después la vi enfrentar a Portugal en Ciudad del Cabo. Green Point ofrecía una experiencia completamente distinta. Su estadio, recostado contra el Atlántico, parece una ola más, una ola gigantesca detenida justo antes de romper sobre la ciudad. La cubierta ondulante y la piel translúcida le otorgan ligereza a una estructura imponente. No daba la impresión de haber sido colocada junto al mar, sino de haber emergido de él.
A un lado se extendía el océano. Al otro, la Table Mountain levantaba su perfil inconfundible. Entre ambos se erguía aquel edificio monumental, imagen arquitectónica de la Sudáfrica posterior al apartheid: moderna, ambiciosa, abierta al mundo y decidida a no ser contemplada únicamente a través de sus tragedias.
El estadio no podía borrar el pasado, pero proclamaba que el país era capaz de construir por encima de él. Green Point es, además, un barrio refinado, próximo al puerto y al Victoria & Alfred Waterfront, con cafés, restaurantes, hoteles y una intensa vida urbana. Seguir la costa permite atravesar Sea Point, Bantry Bay y Clifton hasta llegar a Camps Bay. Para quien los recorra por primera vez, un barrio se pierde en el siguiente. El Atlántico sirve de hilo conductor.
En Camps Bay, los bares y restaurantes se alinean frente al mar, con los Doce Apóstoles cerrando el paisaje por detrás. Se trepan hasta el alma esas imágenes que desmienten cualquier idea simple sobre África: cosmopolita, elegante, próspera y entregada al ocio.
Pero en las playas aparecían las advertencias sobre tiburones. La naturaleza sudafricana nunca se reduce a decoración. Incluso en medio del refinamiento de Camps Bay, el océano recuerda su irreductibilidad. Esa convivencia entre belleza y peligro, sofisticación y cautela, parecía resumir al país entero.
A ver fútbol fui
Caminé hacia el estadio entre otra multitud vestida de rojo. La península ibérica se enfrentaba en octavos de final. Cristiano Ronaldo representaba la amenaza portuguesa; del otro lado, España intentaba imponer la paciente geometría de Xavi e Iniesta.
David Villa marcó el único gol. Ahora sabemos que aquella noche fue el comienzo verdadero del camino hacia el título. Después vendrían Paraguay, Alemania y los Países Bajos. Entonces, sin embargo, solo existía la sensación de que España había superado una frontera interior. Ya no jugaba para demostrar que era favorita, sino como quien comienza a convencerse de que puede ser campeón.
A su regreso a una final, ahora frente a Argentina, despierta algo más que curiosidad deportiva. Las selecciones también poseen memoria. Cada generación hereda un relato, incluso cuando cambia los nombres, el estilo y las circunstancias. La España actual no es la de 2010, pero compite bajo la sombra luminosa de aquella primera conquista. Antes de Johannesburgo, llegar lejos era una aspiración. Después de Iniesta, ganar dejó de parecer una anomalía.
España conquistó la Copa. Sudáfrica, la confianza. Una se liberó de sus complejos futbolísticos; la otra demostró que podía recibir al mundo sin pedir disculpas por ser africana. Ambas ganaron algo que no cabe enteramente en una vitrina.
Con España a las puertas del título, mi memoria no viaja primero al momento en que Casillas levantó el trofeo. Regresa al automóvil estacionado en una calle de Pretoria, a la multitud que convirtió el miedo en confianza, al estruendo interminable de las vuvuzelas y al amarillo con que un país entero decidió vestirse de esperanza. Regresa también a aquella ola de acero recostada contra el mar en Green Point, símbolo de una nación que quería exhibir un rostro nuevo sin negar las cicatrices del antiguo.
Los campeonatos terminan. Los estadios se vacían. Los equipos envejecen y sus héroes se retiran. Pero hay una que nunca terminó del todo: la Copa de Sudáfrica sigue disputándose en la memoria. España ganó la final de 2010. Sudáfrica había ganado antes de que el balón comenzara a rodar.

Aníbal de Castro