Monseñor De La Rosa y Carpio: una vida que se hizo servicio
De Higüey a Santiago, la huella imborrable de un referente del Episcopado Dominicano

Hay personas cuya trayectoria no pertenece únicamente a una institución ni a una provincia. Con el paso de los años, su vida termina formando parte del patrimonio moral de toda una nación. Monseñor Ramón Benito De La Rosa y Carpio es una de ellas.
Nació el 19 de septiembre de 1939 en Los Ríos, Higüey. Una anécdota de su adolescencia parece anunciar todo lo que vendría después: a los 14 años fue a buscar unos muñequitos en una caja de su abuela y encontró un libro sobre la vida de Jesucristo. Comenzó a leerlo y aquella lectura despertó una vocación que ha sostenido durante más de siete décadas.
Ingresó al seminario en 1954 y fue ordenado sacerdote el 23 de enero de 1965 por monseñor Juan Félix Pepén. Se formó en Santo Domingo, Roma, París y Bogotá, donde preparó una investigación doctoral sobre la teología de la imagen de Nuestra Señora de la Altagracia.
Pero su preparación nunca lo alejó de la gente. Al contrario, puso sus conocimientos al servicio de los jóvenes, las familias, los sacerdotes y las comunidades.
En 1971 fue designado primer rector de la Basílica de Nuestra Señora de la Altagracia. Le correspondió conducir sus primeros años como gran santuario nacional, acompañando a miles de peregrinos y profundizando en el significado espiritual e histórico de la devoción altagraciana.
Para nosotros, los higüeyanos, este vínculo tiene un valor muy especial. Monseñor no solo nació en nuestra tierra: ha dedicado una parte esencial de su vida a estudiar, explicar y difundir uno de los elementos más profundos de nuestra identidad.
Fue fundador y primer rector del Seminario Menor San Pablo y posteriormente rector del Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino. Dedicó 17 años de su vida a la formación sacerdotal. Quizás una de sus obras más trascendentes no pueda medirse en edificios ni aparecer completa en una hoja de vida: está presente en las personas que formó y en todo lo que ellas, a su vez, han sembrado.
También sirvió a la Iglesia latinoamericana desde el Consejo Episcopal Latinoamericano, donde trabajó en las áreas de catequesis y educación y llegó a ocupar la Secretaría General en 2003.
El 6 de enero de 1989 recibió la ordenación episcopal de manos del papa san Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro. Fue obispo auxiliar de Santo Domingo, obispo de la Diócesis de Nuestra Señora de la Altagracia y, desde 2003 hasta 2015, arzobispo metropolitano de Santiago de los Caballeros.
Higüey es su tierra de nacimiento. Santiago se convirtió en su provincia adoptiva. La primera le dio sus raíces; la segunda acogió una etapa fecunda de su ministerio. Por eso su nombre une con afecto dos territorios importantes de nuestra vida nacional.
Presidió la Conferencia del Episcopado Dominicano entre 2002 y 2008. Desde esa responsabilidad participó en el diálogo sobre educación, institucionalidad, pobreza, familia, migración, justicia social y desarrollo. Nunca entendió la fe como una excusa para permanecer indiferente frente a los problemas de la sociedad.
Su legado también está en la palabra. Ha publicado decenas de libros y ha mantenido una presencia constante en la prensa, la radio, la televisión y las plataformas digitales. Ha sido capaz de hablar de espiritualidad, ética, política, familia y valores con profundidad, pero sin perder la sencillez.
Incluso después de convertirse en arzobispo emérito, ha continuado escribiendo, orientando y evangelizando. Él mismo ha dicho que un obispo retirado de la administración sigue vivo y activo, aunque debe saber ocupar su lugar. Esa expresión retrata su manera de entender la autoridad: no como privilegio, sino como servicio.
Este miércoles, el Senado de la República reconoció su trayectoria y sus aportes a la sociedad dominicana, mediante una resolución que tuve el honor de proponer como senador de La Altagracia.
Fue un acto emotivo y plural, encabezado por el presidente del Senado, Ricardo de los Santos, con la presencia de la exvicepresidenta Margarita Cedeño, legisladores, miembros del clero, empresarios y personalidades de La Altagracia, Santiago y Santo Domingo.

Durante el acto, monseñor también reconoció al Congreso Nacional como símbolo de la democracia y valoró su disposición a escuchar a la sociedad. Ese gesto lo retrata bien: aun cuando era él quien recibía el homenaje, encontró espacio para reconocer a los demás.
A pocos días de cumplir 87 años, y después de 61 años de sacerdocio, conserva la claridad de quien sabe que los cargos terminan, pero la misión de servir permanece.
El reconocimiento del Senado no fue solamente para un sacerdote, un obispo, un educador, un escritor o un comunicador. Fue para un hombre que ha utilizado cada una de esas responsabilidades para orientar, formar y acompañar.
Una vida verdaderamente grande no se mide solo por los títulos alcanzados ni por los cargos ocupados. Se mide por las personas formadas, las conciencias orientadas, las instituciones fortalecidas y las semillas dejadas en el camino.
Por eso reconocer a monseñor Ramón Benito De La Rosa y Carpio fue un acto de gratitud, pero también de justicia. Los pueblos necesitan mirar hacia adelante, pero nunca deben olvidar a quienes han dedicado su vida a ayudarlos a encontrar el camino.

Rafael Barón Duluc
Rafael Barón Duluc