Azua: la productividad empieza donde termina la abundancia
Las economías más competitivas no siempre son las que disponen de más recursos, sino las que aprenden a administrarlos mejor. Azua demuestra que la escasez, cuando se enfrenta con infraestructura, organización, tecnología y visión de largo plazo, puede convertirse en una ventaja productiva

Hay provincias que enseñan a producir desde la abundancia. Azua enseña a producir desde la escasez. Mientras recorría sus zonas agrícolas comprendí que el verdadero patrimonio productivo de esta provincia no reside únicamente en la fertilidad de sus tierras ni en la diversidad de sus cultivos, sino en la disciplina con la que sus productores han aprendido a administrar el recurso más determinante de todos: el agua.
Esa experiencia trasciende sus límites territoriales. El cambio climático, el crecimiento de la demanda y la presión sobre las fuentes hídricas obligarán a la República Dominicana a producir más alimentos utilizando menos agua, menos suelo disponible y mayores niveles de eficiencia. En cierto modo, una parte del futuro de la agricultura dominicana ya comenzó en Azua.
La productividad suele confundirse con producir más. Su significado económico es más exigente: obtener mayor valor con los recursos disponibles. Esa diferencia explica por qué territorios sometidos a condiciones difíciles pueden superar a otros favorecidos por la naturaleza. Los recursos crean posibilidades; la productividad aparece cuando una sociedad logra organizarlos y convertirlos en resultados.
Azua ha construido una de las economías agrícolas más diversas del sur. En sus tierras se producen tomates, plátanos, mangos, ajíes, cebollas, berenjenas, guineos, lechosas y otros cultivos destinados al mercado nacional y a la exportación. En 2021, los plátanos representaron el 43 % de sus exportaciones provinciales; los tomates frescos, el 27 %; y los ajíes y pimientos, el 16 %. Esos tres grupos concentraron alrededor del 86 % del valor exportado por la provincia.
Las cifras muestran capacidad productiva, pero también revelan una vulnerabilidad. Una economía demasiado concentrada en pocos productos queda expuesta a los cambios de precios, las condiciones climáticas, las restricciones sanitarias y las variaciones de la demanda.
El próximo salto de Azua no puede consistir únicamente en cosechar más. Debe consistir en diversificar, transformar y retener una mayor proporción del valor generado. Nada de lo alcanzado habría sido posible sin una decisión previa: convertir el agua en infraestructura productiva.
El sistema de riego Ysura transformó la estructura económica del valle. Solo la segunda fase del Proyecto de Desarrollo Agrícola Azua II–Pueblo Viejo representó una inversión superior a RD$280 millones, fue diseñada para optimizar el riego de unas 79,000 tareas y beneficiar directamente a 3,446 productores y usuarios.
Esas cifras no describen únicamente una obra hidráulica. Explican una política de productividad. El agua que llega con mayor regularidad reduce riesgos, permite planificar los ciclos agrícolas, protege el capital invertido y mejora la capacidad del productor para responder ante compradores y agroindustrias.
Pero el mayor legado de Ysura no está solamente en sus canales y reservorios. Está también en la organización construida alrededor de ellos. Las juntas de regantes y las asociaciones de usuarios demuestran que una infraestructura pública conserva su valor cuando existen instituciones capaces de administrarla, mantenerla y distribuir sus beneficios con reglas claras.
Los canales no producen por sí solos. Las presas no cosechan. El agua se convierte en productividad cuando llega en el momento adecuado, se utiliza con responsabilidad y se integra a una estrategia económica. Esa última condición es fundamental. Una provincia puede producir grandes volúmenes y retener poco valor si vende principalmente materias primas, si enfrenta pérdidas después de la cosecha o si carece de capacidad para procesar, almacenar, empacar y comercializar.
El tomate ilustra con claridad ese desafío. Vendido fresco, genera ingresos y empleo. Transformado en pasta, salsa, conserva o ingrediente industrial, extiende su vida útil, reduce las pérdidas ocasionadas por la sobreoferta y crea nuevas oportunidades en procesamiento, transporte, empaque y comercialización.
Lo mismo ocurre con el mango. Exportar fruta fresca es importante, pero desarrollar pulpas, jugos, productos deshidratados o congelados permitiría generar más riqueza con una misma cosecha, sin necesidad de ampliar la superficie cultivada.
Esa es la diferencia entre producción y productividad. La primera pregunta cuánto se cosecha. La segunda, cuánto valor se obtiene de lo cosechado. La agricultura protegida representa otra frontera decisiva. En una provincia expuesta a altas temperaturas y restricciones hídricas, el riego por goteo, la fertirrigación, los invernaderos, el monitoreo climático y la agricultura de precisión pueden elevar los rendimientos y reducir desperdicios.
Sin embargo, durante mis conversaciones con productores confirmé que la tecnología no genera resultados por sí sola. Un sistema de riego sin mantenimiento puede convertirse en una inversión improductiva. Un invernadero sin conocimiento técnico puede elevar los costos sin mejorar la rentabilidad. La innovación funciona cuando se articula con capacitación, asistencia técnica, financiamiento y acceso a mercados.
Los productores de Azua no hablan únicamente de sembrar. Hablan del costo de la energía, del precio de los fertilizantes, del crédito, de la mano de obra, del transporte, de los intermediarios y de la incertidumbre de los mercados.
Esa conversación revela una realidad que el debate público debe asumir: la productividad agrícola no es solo un asunto del campo. Es el resultado de la articulación entre agua, infraestructura, tecnología, capital, industria, logística y comercio.
Cuando uno de esos eslabones falla, toda la cadena pierde eficiencia. Un productor puede mejorar el rendimiento de su finca y terminar con menores ingresos si el precio cae durante la cosecha. Puede obtener un producto de calidad y perderlo por falta de refrigeración. Puede recibir financiamiento después del momento óptimo para sembrar.
Puede tener agua disponible y producir para un mercado insuficiente. Por eso también debemos transformar la forma en que medimos las políticas productivas. No basta con informar cuántas tareas fueron incorporadas al riego. Debemos conocer cuánto aumentó el rendimiento y cuánto mejoró el ingreso neto de las familias productoras. No basta con anunciar financiamientos.
Debemos determinar cuánto de ese capital se tradujo en tecnología, transformación y acceso a nuevos mercados. No basta con contar quintales cosechados. Debemos medir cuánto producto se perdió, cuánto se procesó y cuánto valor permaneció en la provincia.
La productividad exige pasar de la ejecución a los resultados. El artículo 54 de la Constitución establece que el Estado debe promover la investigación científica y la transferencia tecnológica para incrementar la productividad agropecuaria y garantizar la seguridad alimentaria.
En Azua, ese mandato tiene una aplicación concreta: cada inversión pública debe contribuir a ahorrar agua, reducir pérdidas, elevar la calidad, fortalecer la agroindustria y mejorar los ingresos de quienes trabajan la tierra. La provincia posee condiciones para convertirse en un laboratorio nacional de agricultura resiliente.
Sus productores ya enfrentan los desafíos que el cambio climático hará cada vez más frecuentes: sequías prolongadas, temperaturas más altas, presión sobre las fuentes hídricas y necesidad de producir alimentos con mayor eficiencia.
Azua todavía enfrenta pérdidas de agua, limitaciones tecnológicas, dificultades de comercialización y una capacidad agroindustrial que puede crecer mucho más. Pero dispone de algo que no se construye mediante decretos: una cultura productiva acumulada durante generaciones y una experiencia concreta en la administración de la escasez.
Después de recorrer sus campos confirmé que Azua no debe ser definida únicamente como una provincia donde llueve poco. Debe ser reconocida como un territorio que aprendió a producir bajo condiciones adversas y que ahora tiene la oportunidad de convertir esa experiencia en una ventaja competitiva nacional.
El futuro de la productividad dominicana dependerá cada vez menos de la abundancia de los recursos y cada vez más de la inteligencia con que logremos administrarlos. Azua ya conoce esa verdad. Su gran lección no es que se puede producir a pesar de la escasez, sino que una nación comienza a ser verdaderamente productiva cuando deja de esperar condiciones perfectas y aprende a convertir sus limitaciones en capacidades.

Pablo Ulloa