Trump y el rey griego
La pregunta decisiva no es cuánto poder utilizó Estados Unidos, sino qué consiguió realmente con él

Se ha anunciado un acuerdo para poner fin a la guerra del Golfo, y conviene preguntarse si el mundo es hoy mejor que hace seis meses, cuando comenzaron las hostilidades. La respuesta no es alentadora. Estados Unidos desplegó una capacidad militar abrumadora, recurrió a buena parte de su arsenal convencional y volvió a demostrar que ninguna otra potencia puede igualar su poder de fuego. Sin embargo, la pregunta decisiva no es cuánto poder utilizó, sino qué consiguió realmente con él.
Washington lanzó una campaña de enorme intensidad contra un país que llevaba años sometido a sanciones, aislamiento y dificultades económicas. Consumió cantidades considerables de misiles, sistemas de defensa aérea y recursos financieros para alcanzar un objetivo que, visto desde la distancia, resulta sorprendentemente modesto: regresar a una situación que ya existía antes de la guerra. El libre tránsito por el estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial, sigue siendo una preocupación permanente y no una garantía. La estabilidad prometida continúa siendo frágil.
Las consecuencias económicas son visibles. La inflación en Estados Unidos pasó de 2.4 % en febrero, antes del inicio del conflicto, a 4.2 % en mayo de 2026, su nivel más alto desde abril de 2023, impulsada principalmente por el aumento de los costes energéticos, que se dispararon un 23.5 % interanual y por precios de la gasolina que subieron un 40.5 %. En cuanto al gasto militar, las cifras también se han disparado: si en la primera semana de la guerra Washington gastó más de 11,300 millones de dólares en seis días, para mayo el Pentágono elevó su estimación a unos 29,000 millones de dólares, una cifra que el propio Departamento de Defensa advirtió que seguirá creciendo
Además, la Casa Blanca solicitó un aumento del 42 % en el presupuesto de defensa, lo que representaría el mayor incremento desde la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos cubre buena parte de la factura, pero no es el único: Europa la paga, Asia la paga, y también la República Dominicana, donde cualquier aumento sostenido en el costo de los combustibles termina reflejándose en el transporte, la producción y el precio de los bienes de consumo.
Tampoco la política sale indemne. Donald Trump enfrenta niveles crecientes de insatisfacción ciudadana. La promesa de prosperidad inmediata choca con una realidad menos favorable, y los estadounidenses descubren, una vez más, que incluso las guerras librabas lejos de casa terminan llegando al bolsillo de quienes las financian.
Trump, por supuesto, reclamará la victoria. Es parte de su naturaleza política y de su extraordinaria capacidad para convertir cualquier desenlace en un triunfo personal. Quizás incluso logre convencer a muchos de que así ha sido. Pero la historia aconseja prudencia cuando se celebran victorias cuyo costo supera con claridad sus beneficios.
Los griegos legaron una expresión precisa para estos casos: victoria pírrica. El término proviene de Pirro de Epiro, rey griego que combatió contra la naciente República Romana y obtuvo importantes triunfos militares en las batallas de Heraclea y Asculum. Sin embargo, las pérdidas de soldados y oficiales experimentados fueron tan elevadas que, según la tradición recogida por los historiadores antiguos, tras Asculum exclamó: “Otra victoria como esta y estaré perdido”.
Esa es, en esencia, la lección de las campañas que agotan tesoros, consumen recursos y debilitan a quienes, sobre el papel, habían vencido. Ganar una guerra no consiste únicamente en derrotar al adversario; también implica mejorar la situación que existía antes de disparar el primer tiro. Cuando, después de meses de destrucción, sacrificios y gastos colosales, el mundo se encuentra prácticamente en el mismo lugar del que partió, la celebración resulta prematura, y el triunfo, por muy espectacular que parezca, adquiere un sabor inquietantemente amargo.

Juan Alberto Silvestre S.
Juan Alberto Silvestre S.