Los padres de la Patria, en primera persona
Conociendo los hombres detrás de los símbolos

No conocemos a Duarte. Ni a Sánchez. A Mella tampoco.
Y no es culpa nuestra: es que los conocemos demasiado.
El dominicano lleva toda la vida pasando frente a esos nombres. En el nombre de la calle donde compras ropa los sábados, en el parque, en la estación de metro, en la tarea del colegio, en el discurso de cada 27 de febrero.
Los padres de la patria son omnipresentes. Y lo que se ve en todas partes deja de verse. Se vuelve paisaje. Se vuelve estatua.
La estatua es visible, pero muda – sin voz y sin emoción. Tú pasas por debajo de ella cada día y no tienes idea de quién fue realmente.
La estatua no suda, no se enoja, no duda. La estatua no tiene sueños, fracasos, éxitos. La estatua no tiene humanidad.
La estatua solo sabe hacer una cosa: mantenerse la pose. Porque la estatua se construyó para guardar el símbolo. Pero ¿qué pasa con el hombre detrás?
Hacer que las estatuas hablen
Hace dos mil años, Eurípides prácticamente convirtió el monólogo en el corazón de la tragedia en la antigua Grecia. Donde otros poetas trágicos como Esquilo y Sófocles ponían héroes de mármol, él introdujo personas cotidianas: su Medea no es una caricatura, es una mujer que conversa y te deja escuchar por dentro lo que está a punto de hacer y cómo se siente. El héroe pasa de ser monumento a ser una persona como tú y yo.
En mi proyecto de monólogos históricos llamado Yo Fui, publicados bajo mi página Café Griego (@cafegriego.rd), le devuelvo la voz a la estatua. Tomo a un personaje de la historia dominicana y lo pongo a contar su propia vida en primera persona. Y ahí la persona se anima: cuenta lo que vio, lo que temió, la rabia, la duda, la decisión tomada en el momento en que todavía no sabía cómo iba a terminar. Se revelan sus peculiaridades, su psique, su humanidad.
Lo que hago es reconstruir cómo se vivió esa vida por dentro, con palabras que el hombre o la mujer pudo haber dicho (o dijo de verdad). Y detrás de cada línea hay investigación seria.
Porque sí, claro: podemos estudiar a estos hombres de verdad. Leer tres biografías, el manual de Frank Moya Pons, la Composición Social Dominicana de Juan Bosch, las cartas que los próceres escribían a sus amigos de confianza, las biografías de Roberto Cassá, y mucho más. Ahí están, enteros. ¿Pero cuántos lo van a hacer? ¿Cuántos jóvenes de hoy -criados con un celular en la mano, con sus pantallas llenas de videos de quince segundos cuyo contenido olvidarán antes de que termine de cargar el próximo- se van a sentar a leer tres tomos? La historia de verdad existe en volúmenes asombrosos, pero está guardada donde casi nadie entra.
El monólogo es la puerta para que todos puedan oír esa voz auténtica de sus antepasados, llamando "déjame que te cuente como yo vi mi historia."
Aquí tienes, entonces, la voz de los tres personajes que más conoces y menos conoces. Duarte, Sánchez, Mella. "Los padres de la patria".
Una nota antes de empezar: lo que sigue es habla escrita. Algunas palabras aparecen “mal escritas” a propósito - es una decisión creativa para preservar la voz y el acento de cada personaje, no un descuido.
Tres próceres de carne y hueso
Leyéndolos seguidos uno se da cuenta que "los padres de la patria" nunca fue una sola cosa. Duarte habla en oraciones largas, como un maestro que está convencido de que tiene razón. Sánchez habla con precisión de abogado, racionalizando y justificando sus decisiones pragmáticas. Mella es corto, brusco, orientado a la acción, sin adornos.
Eso es lo que la estatua no te puede dar. La estatua los iguala - mismo bronce, misma pose, mientras que la voz los separa. Y al separarlos, los podemos ver más enteros: tres personas que vivieron plenamente; tres personas que dudaron, se equivocaron, amaron, pelearon, y que sí, hicieron algo grande.
Mi idea es que un joven que nunca ha pensado en abrir un libro de historia se acerque a ellos y a su voz. Y que la próxima vez que pase frente a una estatua, sienta que ahí adentro hubo un dominicano vivo. Como él.

Cleon Kanellis
Cleon Kanellis