La deshumanización de la conciencia crítica en la era del like digital
La justicia como freno pedagógico ante la violencia

En la sociedad contemporánea, asistimos a una metamorfosis peligrosa de la convivencia humana. El reciente homicidio de Deivy Carlos Abreu Quezada en Santiago no es simplemente un hecho de tránsito aislado; es la manifestación clínica de una patología social colectiva. Cuando un conflicto menor se convierte en una ejecución pública, debemos preguntarnos: ¿qué ha pasado con nuestra capacidad de razonar?
El secuestro de la conciencia crítica
Desde la neurobiología, el comportamiento de la turba que le arrebató la vida a Abreu revela un fenómeno de desinhibición neurocognitiva. Ante un estímulo estresante, la amígdala —centro de las respuestas primarias— toma el control, desplazando a la corteza prefrontal, encargada del análisis, la empatía y la inhibición de impulsos.
Sin embargo, el "furor" no exime de responsabilidad. Como sociedad, hemos caído en una transferencia colectiva donde la masa legitima la violencia. Esta "sana conciencia crítica" individual es suplantada por una norma grupal que percibe la agresión no como un delito, sino como un acto de justicia propia.
La alevosía y la premeditación: el crimen que no es fortuito
Legalmente, es imperativo elevar la calificación de este suceso. No nos encontramos ante un homicidio simple producto de un accidente, sino ante un asesinato. La persecución deliberada del conductor, la superioridad numérica de la turba y el uso de arma blanca contra una zona vital demuestran un animus necandi claro.
La premeditación se configura en el momento en que, tras el impacto, los perpetradores eligen perseguir y aniquilar, transformando la inmediatez del tránsito en un plan de muerte. Negar esta calificación sería validar la impunidad y minimizar la gravedad de una agresión donde la víctima fue privada de cualquier oportunidad de defensa.
La era del espectador digital: la banalización del horror
Uno de los aspectos más deshumanizantes de este suceso fue la omisión de auxilio, tanto de agentes estatales como de testigos presenciales. La grabación del video en lugar de la intervención humanitaria es la prueba fehaciente del "Efecto Espectador" potenciado por el like digital.
El teléfono móvil ha actuado como una barrera psicológica que anestesia la empatía. Para el espectador digital, el dolor ajeno se convierte en contenido consumible. Esta búsqueda de validación virtual ha atrofiado el deber de socorro y la moral pública, convirtiendo a los ciudadanos en cronistas pasivos de la tragedia.
Seguridad del Estado y el riesgo de la anomia
Este caso representa un riesgo sistémico para la seguridad del Estado. Un Estado de derecho se sostiene sobre la confianza en sus instituciones. Cuando la autoridad no interviene en un delito evidente, o cuando el ciudadano prefiere ser espectador ante un crimen, el tejido social se desgarra.
La deshumanización de las masas y la búsqueda de notoriedad digital fomentan una anomia social donde la ley del más fuerte desplaza al orden público. Una sociedad que ha normalizado la indiferencia ante la violencia es una sociedad volátil, vulnerable a la manipulación y al colapso de sus estructuras democráticas. La seguridad nacional no solo depende de la fuerza policial, sino de la preservación de la conciencia crítica de sus ciudadanos.
El Ministerio Público tiene hoy el compromiso ineludible de marcar un precedente. La persecución de este asesinato debe ser un acto de pedagogía social. No podemos permitir que la "era del like" nos despoje de nuestra humanidad. La justicia debe actuar como el freno externo que la corteza prefrontal de los individuos falló en accionar, reafirmando que, en nuestro Estado, la vida no es un insumo para el entretenimiento digital, sino el valor supremo que la ley protege con todo su rigor.

Edwin Cuello