El que ama no calcula: "el Mencho" y otros que cayeron por sus deseos carnales
La historia registra cómo el poder ha caído una y otra vez por decisiones marcadas por el deseo
Desde Trujillo hasta el Mencho, el deseo ha demostrado ser un rastro que puede llevar a la captura de líderes del crimen organizado

Si usted cree que el amor es una simple cuestión de mariposas en el estómago y poemas mal escritos, las fuentes históricas y los expedientes judiciales ofrecen otra lectura: el deseo es, ante todo, un rastro de metadatos que puede ser explotado.
A lo largo de los siglos, desde la Roma imperial hasta las juntas directivas de Silicon Valley, el corazón no solo ha marcado el destino de los amantes; también ha funcionado como la vulnerabilidad estratégica que imperios, agencias de inteligencia y departamentos de recursos humanos han utilizado para poner fin a carreras que parecían invencibles.
El Mencho y el peligro de las escapadas románticas
La historia más reciente llega desde las zonas boscosas de Jalisco, donde Nemesio Oseguera Cervantes, alias el Mencho, comprobó que ni siquiera el líder del Cartel Jalisco Nueva Generación es inmune a las flechas de Cupido o a los helicópteros de la Fuerza Aérea. Según los reportes oficiales, el capo cayó por una reunión íntima en un complejo de cabañas en Tapalpa.
La inteligencia militar no necesitó adivinos; siguió a un hombre de confianza de una de sus parejas. La mujer llegó al inmueble el 20 de febrero y se retiró el 21. Para entonces, el cerco militar ya estaba montado.
El deseo de proximidad física dejó un rastro que derivó en un enfrentamiento violento, una huida por el bosque y el fallecimiento del capo antes de llegar al hospital. En el mundo del crimen organizado, el amor no solo es ciego; también deja coordenadas.
De Trujillo y Figueroa Agosto
Un informe desclasificado de la CIA afirma que la noche del 30 de mayo de 1961 salió en un Chevrolet para un encuentro (“rendezvous”) en la finca “La Fundación”, en San Cristóbal, con su amante (en el documento aparece como “Mona Sánchez”, 20 años). El conocimiento de los ajusticiadores sobre ese viaje les permitió cometer el hecho.
En ese trayecto fue emboscado y asesinado. La literatura histórica dominicana coincide en el punto táctico de la salida sin escolta habitual como parte del escenario del magnicidio.
En el caso de Trujillo no fue que la amante “lo traicionara”, sino que el objetivo del viaje explica por qué se desplazó con mayor discreción y por qué la ventana temporal era predecible para quienes ya esperaban su movimiento. El vínculo funciona como condición operativa: privacidad, menos seguridad, entonces surgió la oportunidad.
El Mencho fue localizado cuando se reunió con una de sus amantes
En el caso del narcotraficante boricua José David Figueroa Agosto, los temas de pareja fueron fundamentales para la caída de la red en República Dominicana y posteriormente su captura en Puerto Rico.
La captura en Puerto Rico (julio de 2010) se asocia públicamente a una vigilancia activada por el movimiento de una familiar directa de la compañera sentimental: la prensa dominicana reporta que la pista operativa incluyó el seguimiento a Daisy Félix Morel —identificada como hermana de Sobeida Félix Morel— por su itinerario para viajar desde el aeropuerto, y que tras esa vigilancia se produjo el arresto del prófugo.
Fugitivos, faros y actrices de biopics
El Mencho no es el único que confundió el romance con la inmunidad. James “Whitey” Bulger, jefe criminal de Boston que evadió a la justicia durante 16 años, fue capturado porque su compañera, Catherine Greig, funcionó como un “faro”.
El FBI dejó de buscar a un fugitivo entrenado y se concentró en una mujer con rutinas previsibles. Localizó a Greig y llegó a Bulger.
Joaquín “el Chapo” Guzmán también amplió su exposición. Su contacto con la actriz Kate del Castillo para coordinar una película biográfica expandió su superficie de comunicaciones.
La mensajería y la logística del encuentro con Sean Penn facilitaron el monitoreo de sus movimientos. En estos casos, la relación no actuó como refugio, sino como multiplicador de vulnerabilidad.
En la política, el amor ha detonado crisis constitucionales. El caso de John Profumo, secretario de Guerra del Reino Unido en 1963, mostró que el problema no fue la relación con Christine Keeler, sino la mentira ante la Cámara de los Comunes. Cuando se probó que no dijo la verdad, el asunto pasó de escándalo personal a riesgo institucional.
En Estados Unidos, Bill Clinton comprobó que la intimidad produce registros. Su relación con Mónica Lewinsky salió a la luz por conversaciones grabadas por Linda Tripp y por la investigación forense del FBI. El rastro derivó en una acusación de perjurio bajo juramento. En la era moderna, la trazabilidad suele imponerse.
El amor como crisis constitucional y propaganda
En 1936, Eduardo VIII del Reino Unido puso en tensión a la Corona por su intención de casarse con Wallis Simpson, estadounidense divorciada en dos ocasiones. El gabinete y la Iglesia rechazaron la unión. La relación volvió inviable el reinado y forzó la abdicación.
En la Roma del siglo I a. C., Marco Antonio ofreció a Octaviano un argumento político con su alianza con Cleopatra. Augusto explotó ese vínculo para presentarlo como subordinado a intereses extranjeros. La supuesta filtración del testamento de Antonio, leída en público, maximizó el impacto y justificó la guerra. Las filtraciones no son un invento reciente.
Cupido en la oficina: Recursos Humanos no perdona
En el siglo XXI, el drama se trasladó a las salas de juntas. Ejecutivos de grandes corporaciones comprobaron que una relación puede violar políticas internas y afectar el mercado.
* Brian Krzanich, de Intel, renunció en 2018 tras confirmarse una relación consensuada con una empleada que contravenía las normas internas.
• Steve Easterbrook, de McDonald’s, fue despedido por una relación inapropiada. Luego intervino la SEC por deficiencias en la información divulgada al mercado sobre su salida y compensación.
• Paul Wolfowitz, del Banco Mundial, enfrentó cuestionamientos por el manejo de las condiciones laborales de su pareja, Shaha Riza, en un contexto de conflicto de interés.
En estos entornos, el problema rara vez es el afecto; suele ser la gobernanza.
Eliot Spitzer, identificado en expedientes como “Client-9”, cayó por patrones bancarios que activaron alertas en el IRS y el FBI. Las transferencias para pagar servicios de prostitución fueron rastreadas mediante órdenes judiciales. John Edwards vio deteriorarse su carrera presidencial cuando el encubrimiento de su relación con “Person B”, Rielle Hunter, se reinterpretó como violación de normas de financiamiento de campaña.
David Petraeus, director de la CIA, renunció tras admitir que compartió información clasificada con su biógrafa y pareja. El FBI recuperó cuadernos con material sensible en un domicilio privado.
En fin, la historia muestra que el deseo puede ampliar la exposición. La caída no ocurre por el sentimiento en sí, sino cuando se actúa como si no existieran registros, normas o instituciones. El deseo puede ser privado; los rastros, no.