“Journey to the Center of the Earth”, una aventura que todavía invita a explorar lo desconocido
La adaptación de la novela de Julio Verne dirigida por Henry Levin sigue siendo un fascinante ejemplo de cómo el cine convirtió la imaginación y efectos prácticos en un viaje hacia un mundo imposible
Hay películas que uno recuerda por haberlas descubierto en una sala de cine y otras que simplemente aparecieron en nuestras vidas porque estaban constantemente en la televisión. “Journey to the Center of the Earth” pertenece para mí al segundo grupo.
La película basada en la célebre novela de Julio Verne era una presencia recurrente durante mi juventud, mucho antes de que el Telecable ampliara considerablemente las opciones disponibles. Podía aparecer un domingo en la noche o cualquier tarde en alguno de los canales locales y siempre terminaba llamando mi atención.
Parte de aquella fascinación estaba relacionada con ese extraño mundo escondido debajo de nuestros pies, pero también con la posibilidad de acompañar a un grupo de personajes que se internaba cada vez más en lo desconocido.
Incluso una serie animada inspirada en esta versión cinematográfica prolongaría posteriormente esa relación con la historia, convirtiendo aquel universo subterráneo en uno de esos lugares imaginarios a los que daba gusto regresar.
Un clásico de Julio Verne
Estrenada en 1959 y dirigida por Henry Levin, “Journey to the Center of the Earth” adapta con bastante libertad la novela publicada por Verne en 1864.
James Mason interpreta al profesor Oliver Lindenbrook, quien descubre en el interior de una roca volcánica un antiguo mensaje dejado por el explorador Arne Saknussemm con instrucciones que podrían conducir hasta el centro de la Tierra.
Lindenbrook emprende entonces una expedición acompañado por su estudiante Alec McEwan, interpretado por Pat Boone. A ellos se unen Carla Göteborg, encarnada por Arlene Dahl, y el islandés Hans Bjelke, interpretado por Peter Ronson.
El descenso los conduce hacia un universo de cavernas gigantescas, criaturas prehistóricas, plantas extraordinarias, un océano subterráneo y hasta las ruinas de la legendaria Atlántida.
El guion de Walter Reisch y Charles Brackett realizó numerosos cambios con respecto a la novela, incluyendo la creación de nuevos personajes y situaciones.
Pero permanece intacta la esencia de la propuesta de Verne: utilizar una aventura extraordinaria para llevar a sus personajes, y al público, hacia lugares que hasta entonces solamente podían existir en la imaginación.
Entre las numerosas adaptaciones cinematográficas de las obras del escritor francés, esta continúa siendo una de las más memorables, junto a “20,000 Leagues Under the Sea”, curiosamente protagonizada cinco años antes por el propio Mason como el capitán Nemo.
Cuando había que construir otros mundos
Volver a ver “Journey to the Center of the Earth” tantos años después permite apreciar algo que probablemente no era tan evidente cuando uno disfrutaba del filme cuando era niño: el enorme ejercicio de creatividad necesario para hacer tangible aquel mundo.
Estamos hablando de una producción realizada a finales de la década de 1950, cuando crear una expedición al centro del planeta significaba recurrir a escenarios construidos, pinturas mate, efectos visuales, trucos fotográficos y localizaciones reales.
Algunas secuencias fueron filmadas en las Cavernas de Carlsbad, en Nuevo México, cuyos espacios naturales ayudaron a proporcionar dimensiones monumentales al recorrido de los protagonistas.
Incluso las criaturas prehistóricas fueron producto de soluciones que hoy pueden parecer rudimentarias. Para representar algunos de los gigantescos reptiles se utilizaron animales reales modificados con prótesis y posteriormente integrados a las escenas.
Claro, vistos desde la perspectiva actual algunos efectos muestran inevitablemente su edad. Pero eso también forma parte del encanto de regresar a esta película. Hay algo físico en esos espacios y criaturas, una sensación de que los personajes realmente pueden tocar aquello que los rodea.
No estamos simplemente observando un escenario fantástico, estamos explorándolo con ellos.
Una expedición que se siente
Ahí también resulta fundamental el elenco. James Mason aporta la personalidad necesaria para convertir a Lindenbrook en el centro de la expedición, mientras Pat Boone, Arlene Dahl y Peter Ronson ayudan a crear la sensación de un grupo obligado a depender de los demás para sobrevivir.
Puede parecer algo elemental en una película de aventuras, pero buena parte de su efectividad está precisamente en observar a estos personajes escalar, descender, correr, explorar y reaccionar físicamente ante los peligros que encuentran. A través de ellos la película consigue que la travesía tenga peso.
A eso se suma la música de Bernard Herrmann, que acompaña ese descenso hacia lo desconocido y contribuye a aumentar la sensación de encontrarnos cada vez más lejos del mundo exterior.
Curiosamente, aquella serie animada que recuerdo de mi juventud también guarda una conexión directa con esta producción. “Journey to the Center of the Earth”, estrenada en televisión en 1967, estuvo inspirada en la película y no directamente en la novela de Verne, utilizando incluso algunos de los personajes creados específicamente para la versión cinematográfica.
El placer de regresar
Es imposible separar completamente la nostalgia de la experiencia de volver a ver “Journey to the Center of the Earth”. Alguien que la descubra hoy por primera vez probablemente reaccionará de manera diferente ante sus efectos y su forma de contar la historia, pero la nostalgia tampoco explica todo.
La película sigue siendo un clásico de la ciencia ficción y las aventuras porque conserva algo que ninguna tecnología puede garantizar: la capacidad de despertar curiosidad. Podemos regresar a ella para estudiar cómo se construían estas grandes producciones antes de la revolución digital o simplemente para disfrutar nuevamente de una expedición fantástica.
En mi caso, ambas experiencias terminan mezclándose.
Volver al centro de la Tierra también significa regresar por un momento a aquellos domingos frente al televisor, cuando bastaban unas cavernas gigantescas, criaturas imposibles y un grupo de exploradores avanzando hacia lo desconocido para convencernos de que, quizás, debajo de nuestros pies todavía quedaba todo un mundo por descubrir.
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