"El heladero": niños, sangre y terror en la nueva película de Eli Roth
Un pueblo de veraneo, un camioncito de helados y un grupo de niños convertidos en una amenaza. Eli Roth lleva más de dos décadas preparando esta historia de terror, sangre y humor negro
¿Qué puede ser más veraniego que un camión de helados? Tal vez nada… hasta que ese mismo camión aparece en medio de un pueblo de vacaciones y sus pasajeros dejan de parecer tan inocentes.
En El heladero, el tradicional paseo por un helado se convierte en una carrera por sobrevivir, con niños, sangre, humor negro y una buena dosis de caos.
Eli Roth toma uno de los íconos más reconocibles del verano y lo lleva directamente al terreno del terror. El resultado promete demostrar que, después de esta película, quizá volvamos a mirar un camión de helados con bastante menos confianza.
La premisa es sencilla: la tranquilidad de un pueblo de veraneo se rompe cuando un misterioso heladero comienza a ofrecer a los niños golosinas con efectos espeluznantes. A partir de ahí, lo que parecía un verano cualquiera comienza a convertirse en una pesadilla.
Y Roth llevaba mucho tiempo imaginando esa pesadilla. Una idea que esperó más de 20 años.
Porque, mucho antes de que El heladero llegara a las cámaras, Roth ya tenía en la cabeza algunas de sus imágenes más perturbadoras: niños jugando en el colegio con intestinos humanos o utilizando una mano cortada como parte de sus juegos.
La idea era tan descabellada que durante años permaneció guardada. Incluso cuando Roth comenzó a comentarla con estudios y ejecutivos, la respuesta no fue precisamente entusiasta. El problema era evidente: ¿cómo hacer una película en la que los niños fueran los protagonistas de semejante caos?
“Esta película es algo sumamente especial y va a trascender el género de terror. Esta experiencia no se parece a nada de lo que hayan visto antes. Es desopilante. Es aterradora. Va a estar a otro nivel”, explica el coguionista Noah Belson.
Pero precisamente ahí estaba el atractivo para el director.
Después de todo, el proyecto no busca ser un relato convencional de terror. Roth quería llevar hasta el extremo esa fascinación infantil por los monstruos, Halloween y los juegos que permiten imaginar que todo puede ocurrir sin consecuencias.
El villano que nunca necesita hablar
Una de las particularidades del personaje central es que no necesita grandes discursos para resultar inquietante. El heladero, interpretado por Ari Millen, prácticamente no habla. Su amenaza está en la mirada, los gestos y la manera extraña de moverse.
Al principio, incluso puede parecer el típico personaje que uno esperaría encontrar detrás de un camión de helados: amable, sonriente y dispuesto a repartir golosinas. Solo que, cuanto más se observa, más extraño resulta.
Y ahí está una de las claves de la película: convertir algo familiar en algo que ya no parece seguro.
Roth lo resume a partir de una idea muy sencilla: todos hemos aprendido a confiar en un camión de helados. ¿Qué pasa si alguien rompe ese acuerdo implícito?
El personaje está interpretado por Ari Millen, elegido por Roth precisamente por su capacidad para construir una amenaza a partir de pequeños gestos.
“Necesitábamos a la persona perfecta y no hay mejor actor en el planeta para interpretar este papel que Ari Millen. Es brillante, una mezcla de Cillian Murphy y Joaquin Phoenix. Cada uno de sus gestos es intencionado y meticuloso”, cuenta el director.
El camión también tiene su propia historia
En una película como esta, el vehículo no podía ser simplemente un medio de transporte. El camión de helados es parte del universo de la película y está diseñado para provocar una sensación contradictoria: debería resultar simpático, pero algo en él no termina de encajar.
Es un vehículo de estética ochentera, lleno de stickers y con un muñeco en forma de cucurucho en el techo. De su boca sale el jingle que atrae a los niños. De día, podría pasar por una imagen nostálgica. De noche, sin embargo, la cosa cambia.
Roth cuenta que incluso decidió seguir el camión por un barrio durante la noche para comprobar cómo se veía en movimiento y en plena oscuridad. La conclusión fue bastante clara: un camión de helados circulando de noche tiene algo profundamente inquietante.
Y quizá ese sea uno de los mayores aciertos de la película: tomar algo tan dulce e inocente como un helado y convertirlo en una fuente de paranoia.
Cuando los niños toman el control
Pero aquí viene el verdadero giro. El peligro no está solamente en el heladero. Está en lo que sucede con los niños después de probar sus productos.
La película imagina una especie de apocalipsis infantil en el que los más pequeños del pueblo terminan dominados por una sed de sangre. El colegio se convierte entonces en uno de los grandes escenarios del caos.
Y no se trata de una escena aislada. Roth describe una secuencia construida como una escalada constante de violencia, con decenas de niños, dobles de acción, efectos especiales y una enorme cantidad de sangre.
Lo curioso es que, detrás de cámaras, la experiencia era completamente diferente.
Los jóvenes actores podían estar jugando, bailando o grabando TikToks durante los descansos y, en cuanto escuchaban “acción”, transformarse en sus personajes. Para Roth, esa capacidad de pasar de la diversión a una escena extrema fue fundamental para que la película funcionara.
Terror, gore y humor negro
Si hay algo que parece definir la propuesta es que El heladero no pretende que el espectador pase 86 minutos únicamente tapándose los ojos.
La película busca combinar el horror con el humor. De hecho, Noah Belson, coguionista, explica que incorporó bromas e ironía porque, si se va a llevar una historia hasta semejante nivel de violencia, también puede haber espacio para reírse de ella.
El resultado apunta, entonces, a una experiencia deliberadamente exagerada: sangre, desmembramientos, situaciones absurdas y momentos diseñados para provocar al mismo tiempo asco, sorpresa y risa.
Porque, en el universo de Eli Roth, aparentemente también se puede gritar mientras uno se ríe.
Una infancia bastante más sangrienta
Quizá lo más curioso de El Heladero sea precisamente ese contraste. Los niños no parecen estar viviendo una película de terror. Para ellos, según cuenta Roth, muchas de las situaciones del rodaje eran parte de un juego.
Mientras tanto, los adultos son quienes observan todo aquello con mayor preocupación.
Y esa diferencia parece estar en el corazón de la película: lo que para un niño puede formar parte de una fantasía monstruosa, para un adulto puede convertirse en una auténtica pesadilla.
Después de más de dos décadas esperando para hacerla, Roth finalmente consiguió llevar aquella idea a la pantalla. Ahora solo queda comprobar si, después de verla, el próximo camión de helados que escuches acercarse por la calle seguirá pareciéndote tan inocente.
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