San Zenón, la tarde que partió en dos la historia de Santo Domingo
La mañana del 3 de septiembre de 1930 no parecía anunciar el fin de una ciudad
El ciclón de 1930 dejó miles de muertos, cambió la arquitectura de la capital y dio a Trujillo una oportunidad para convertir la reconstrucción en instrumento político
La mañana del 3 de septiembre de 1930 no parecía anunciar el fin de una ciudad.
José Enrique Delmonte Soñé recuerda que, mientras los informes meteorológicos advertían sobre un huracán que avanzaba hacia la isla, numerosos capitaleños se acercaron al Paseo Presidente Billini para contemplar las olas que golpeaban la costa de Santo Domingo.
Había curiosidad. La vida seguía.
Horas después, quedaba poco espacio para otra cosa que no fuera sobrevivir.
Delmonte sitúa alrededor de la 1:30 de la tarde el momento en que el panorama comenzó a transformarse. Cerca de las 2:00, sostiene el arquitecto e investigador, San Zenón atravesó la capital con vientos estimados en 290 kilómetros por hora, equivalentes a un huracán categoría 5 en la escala Saffir-Simpson.
La ciudad que había despertado aquella mañana prácticamente había desaparecido cuando cayó la tarde.
El investigador rescata la crónica del periodista Oscar Delanoy, testigo del desastre, quien describió cómo las viviendas comenzaron a ceder y cómo, hacia las 3:00 de la tarde, Santo Domingo era ya una ciudad en ruinas.
“Las tres… la Ciudad está en ruina… Veinte minutos de claridad misteriosa… centenares de cadáveres, millares de heridos y mutilados yacen bajo los escombros de las nuevas barriadas destruidas…”, escribió Delanoy.
Delmonte recupera también el testimonio de la educadora y fotógrafa Abigaíl Mejía, quien narró el instante en que el techo de zinc de su casa desapareció mientras ella y su esposo buscaban protección bajo el arco de una puerta.
Para Delmonte, San Zenón fue más que una tragedia meteorológica. Constituyó uno de los grandes quiebres de la historia de Santo Domingo.
El día después
El jueves 4 de septiembre amaneció sobre una capital irreconocible.
Delmonte describe una ciudad de edificios derrumbados, calles cubiertas de escombros, árboles arrancados, puentes destruidos, heridos, cadáveres y familias que habían perdido sus viviendas.
Las zonas construidas con madera sufrieron el golpe más severo. El antiguo casco urbano, donde predominaban edificaciones de mampostería y piedra, resistió mejor que los barrios levantados fuera de las murallas.
Las cifras recogidas por Delmonte permiten dimensionar la catástrofe: entre 2,500 y 3,000 personas murieron, entre 15,000 y 18,000 resultaron heridas, unas 9,600 viviendas fueron destruidas y alrededor de 30,000 personas quedaron sin hogar.
El investigador cita al historiador Orlando Inoa, quien ha señalado que, de aproximadamente 10,000 construcciones existentes en Santo Domingo, apenas unas 400 quedaron en pie en el antiguo casco colonial.
En una ciudad que entonces tendría entre 30,000 y 50,000 habitantes, Delmonte calcula que cerca del 7 % de la población perdió la vida y aproximadamente el 45 % resultó herida.
La dimensión humana fue acompañada por una transformación física que marcaría las décadas siguientes.
La madera perdió la batalla
Después de San Zenón, la madera quedó asociada a la vulnerabilidad.
Delmonte explica que el inventario de daños mostró que los muros de mampostería habían soportado mejor el impacto del ciclón, mientras las estructuras de madera y los techos ligeros desaparecieron en gran parte de la ciudad.
Aquello modificó la percepción colectiva sobre cómo debía construirse Santo Domingo.
Pero el cambio no quedó únicamente en manos de los propietarios.
Delmonte señala que el Estado convirtió aquella experiencia en política de construcción.
Doce días después del ciclón, el 15 de septiembre de 1930, fue creada la Inspección General de Reconstrucción de la Ciudad, dependiente de la Presidencia de la República. Su misión era supervisar las obras y establecer especificaciones para la reconstrucción.
Al año siguiente, según documenta Delmonte, la Ley 142 de Construcciones fijó requisitos para aprobar planos, estableció penalizaciones y reguló los materiales que podían utilizarse.
La madera quedó restringida en amplias zonas de Santo Domingo.
Delmonte explica que, en sectores del área intramuros, una vivienda de madera podía permanecer mientras fuera considerada segura, pero una vez demolida no podía reconstruirse con el mismo material.
Las limitaciones también alcanzaron áreas de Ciudad Nueva, Villa Duarte, San Carlos, Gascue y Villa Francisca.
San Zenón había comenzado a cambiar la arquitectura dominicana.
Una nueva ciudad sobre las ruinas
Delmonte sostiene que los techos inclinados de madera y zinc fueron cediendo espacio a las losas planas de hormigón armado.
La transformación coincidió con la entrada de nuevas expresiones arquitectónicas. Aparecieron viviendas con rasgos racionalistas y de arte déco, nuevas distribuciones interiores y otra concepción del confort.
Pero esa modernización tuvo un costo.
Delmonte advierte que las viviendas tradicionales estaban mejor adaptadas al clima tropical. Los techos altos, las buhardillas, las rejillas y los cielorrasos contribuían a mantener temperaturas interiores más agradables.
Las losas de hormigón ofrecían mayor sensación de seguridad frente a un huracán, pero también aumentaban el calor dentro de las casas.
Después de San Zenón, sin embargo, la prioridad había cambiado.
La población prefería soportar temperaturas más altas antes que volver a ver desaparecer un techo.
Trujillo encontró una oportunidad
San Zenón golpeó Santo Domingo apenas semanas después de que Rafael Leónidas Trujillo asumiera la Presidencia.
Delmonte considera que la tragedia ofreció al naciente régimen una oportunidad política extraordinaria.
El Congreso Nacional suspendió las garantías constitucionales y otorgó al gobernante poderes extraordinarios para enfrentar la emergencia.
Delmonte documenta que el régimen comenzó inmediatamente a construir una narrativa alrededor de la reconstrucción.
La devastación se convirtió en el punto de partida de un relato político: antes, caos; después, progreso.
Trujillo prometió reconstruir los hogares destruidos y colocó la recuperación de Santo Domingo entre las prioridades de su Gobierno.
Delmonte cita al propio gobernante cuando, semanas después del ciclón, aseguró que sobre las ruinas de San Zenón se levantaría una nueva ciudad y un nuevo país.
La reconstrucción, sostiene el investigador, fue progresivamente incorporada al proceso de exaltación de Trujillo.
Seis años más tarde, en 1936, Santo Domingo perdió incluso su nombre y pasó a llamarse Ciudad Trujillo.
La oportunidad que Santo Domingo dejó pasar
La reconstrucción transformó edificios, materiales y normas. Sin embargo, Delmonte identifica una paradoja: el desastre no produjo una verdadera planificación de la ciudad.
Mientras La Habana y San Juan aprovecharon grandes ciclones de aquella época para impulsar planes urbanos y nuevas regulaciones, Santo Domingo continuó creciendo durante buena parte de la década de 1930 sin una estrategia integral.
Delmonte recuerda que entre las principales obras de ese período figuraron el malecón, la avenida Fabré Geffrard, hoy Abraham Lincoln, el puerto de Santo Domingo y la avenida Máximo Gómez.
Pero no fue hasta 1937, siete años después de San Zenón, cuando apareció el primer intento formal de planificar el crecimiento urbano de la capital.
Para Delmonte, aquella demora tuvo consecuencias.
El investigador considera que, si la destrucción de 1930 hubiese sido aprovechada para organizar el crecimiento de Santo Domingo, parte de los conflictos urbanos que hoy afectan la ciudad podrían haber tenido otra historia.
Lo que San Zenón dejó
El ciclón desapareció hacia el oeste después de destruir Santo Domingo, pero nunca abandonó completamente la memoria dominicana.
Delmonte recuerda que el fotógrafo Tuto Báez filmó los daños y produjo un documento cinematográfico estrenado durante el primer aniversario de la tragedia y posteriormente distribuido internacionalmente por Paramount Pictures.
También quedó una canción.
El Trío Matamoros se encontraba en República Dominicana cuando llegó el ciclón. Sus integrantes sobrevivieron y convirtieron la experiencia en el son El trío y el ciclón.
Casi un siglo después, San Zenón sigue siendo una referencia para medir cualquier amenaza meteorológica que se acerque a Santo Domingo.
Pero Delmonte propone mirar más allá del número de muertos y de las fotografías de edificios destruidos.
El ciclón modificó la forma de construir, aceleró el abandono de una arquitectura tradicional, impulsó nuevas regulaciones, dejó al descubierto las debilidades de la planificación urbana y ofreció a una dictadura recién instalada una poderosa herramienta para construir su relato de progreso.
El 3 de septiembre de 2030 se cumplirán 100 años.
Para entonces no quedará prácticamente nadie que pueda contar aquella tarde desde la memoria propia. Quedarán los documentos, las imágenes, los edificios que sobrevivieron y las decisiones tomadas después de que el viento pasó.
Delmonte cierra su investigación con una frase que resume la permanencia de aquel desastre en la memoria dominicana: “a nosotros, todavía, se nos remueve el corazón”.