No, esto no es Suiza
Crónica de un regreso sobre el contraste entre la cultura cívica suiza y la realidad dominicana
Rechazo el eurocentrismo. Le ha quitado mucho tiempo a Abya Yala, o a América Latina, de rescatar su historia fuera de la mirada colonial (que no significa, en ningún caso, negar que sucedió, que somos el resultado de ello y que, para desventaja de nuestro propio desarrollo y futuro, pervive de muchas maneras).
Pero la verdad hay que decirla. Manuel Díaz no cometió un exabrupto. Solo resumió la esencia de la cultura política dominicana, esa que incide una sociedad que se refleja en ese espejo, aunque se niegue a mirarlo.
"El que está agresivo, aquí se calma", me dijo un señor con más de cuatro décadas viviendo en Ginebra, una ciudad donde el silencio ocupa cada bloque del centro de una ciudad amplia, limpia y ordenada.
Suiza apenas tiene un poco menos de kilómetros cuadrados y un poco menos de personas que la República Dominicana. Sus más de 1,500 lagos (donde algunos se bañan junto a los patos y cisnes) deslumbran a cualquiera que lo recorra con sus aguas azules y cristalinas. No hay que preguntar si el agua es potable.
Tampoco hay que pedirle permiso al motorista (o al ciclista, mejor dicho) para caminar sobre el pase de cebra. El juego de luces de los semáforos responde a su perfecta sincronía para medir a quién le corresponde cruzar la calle en todo momento. Hay sus peatones que cruzan en rojo, pero se están delatando, porque todos esperan su turno.
Los autobuses y tranvías llegan a la hora acordada, anunciada en las pantallas electrónicas de las estaciones de autobuses, que es la misma de Google Maps y de la aplicación del sistema de transporte integrado estatal.
El policía de tránsito no existe. El cobrador tampoco. El chofer no colecta tickets. Es tan obvio que la multa a pagar si alguien no tiene ese ticket es tan cara, que ni siquiera se asume que alguien que tome un tranvía se haya montado sin boleto.
Los carteles publicitarios no arruinan la vista urbana con su tamaño. La propaganda política tiene su espacio designado. Los partidos invitan a la gente a asistir a las votaciones sin los rostros de sus políticos y con los logos de sus partidos políticos en las esquinas de sus carteles. Cada decisión debe ser elegida por sus propios ciudadanos. La figura del presidente republicano tradicional no existe.
Podría resaltar muchas otras cualidades de ese país precioso, autodenominado neutral. Podría, incluso, venderlas como características extraordinarias, pero no lo son.
No lo son porque esto no es una utopía. Es lo menos que debería esperarse de un país con la capacidad de generar riqueza: que las reglas establecidas dentro de su democracia se cumplan, que la gente participe activamente en la construcción de una vida cívica y que las acciones se traduzcan en resultados productivos.
La República Dominicana tiene todos los recursos, el capital humano y la fuerza de trabajo para emular aspectos tan sencillos como la limpieza o la puntualidad. El problema es que implica desmontar y desestructurar una política ineficiente, un sistema educativo roto y una cultura oportunista que atraviesa a todas las clases sociales. Pero esa conversación ciudadana y esa iniciativa política no están sucediendo.
Después de 10 horas de vuelo y una cobertura cumplida que me llevaron a conocer ese país, volví a la tierra en la que nací y vivo.
Paso por migración. Llevo la cámara colgando de mi cuello, porque los souvenirs que compré le restaron espacio para guardarla en la mochila de manera adecuada y en Ginebra me sugirieron llevarla fuera.
"¿Usted es periodista?", me pregunta un señor, vestido de ropa formal, con un saco verde en el que se lee bordado un logo del Ministerio de Agricultura, ese de tres hojitas que se ve que no es reciente.
-Sí, respondo.
-¿De dónde viene?
-De Suiza.
Mi maleta de mano y mi mochila pasan la correa. El señor no deja que tome mi maleta, la agarra él mismo sin decirme nada y la pone sobre una mesa en el Aeropuerto de las Américas.
-Vamos a revisar esto, que la máquina me dice que vio algo.
-Han de ser unos chocolates suizos que me traje.
-¡Ah, no! entonces no se la puedo revisar, aquí se los van a botar. Si usted me da cinco euros, yo se la puedo dejar pasar.
Es la primera vez que alguien me pide dinero en un aeropuerto. Y ocurre en Las Américas, una terminal aérea en la que yo misma he estado en su cuarto de control de cámaras, fruto de la reportería.
Llevar chocolates en la maleta de mano está permitido.
-No, no, pero revísela, respondí de inmediato.
-Es que se los van a botar. Aquí son del diablo. Y las cámaras están por todos lados.
-Si ellos tienen cámaras, yo traigo la mía, dije con ligereza y en tono sarcástico.
El señor frunció el seño y me miró seriamente. Sin abrirla, bajó la maleta de mano y me la entregó. Nunca hubo una seña de quien observa los objetos personales en la pantalla que indicara que mi maleta debía ser revisada.
Me fui indignada de muchas maneras. No tuve ni siquiera que poner un pie fuera del aeropuerto para que esa fuera mi cálida bienvenida a la República Dominicana.
Porque ni yo soy tonta, ni soy suiza.
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