¿Cómo beben los peces en el río? Y otras preguntas…
Autores dominicanos e hispanoamericanos centran una mirada sobre la creación literaria
¿Han caminado a Santiago?
Mary Frances Attías (Santo Domingo, 1966), artista visual orgullosa de su ascendencia libanesa, poeta minimalista con tres obras publicadas con sus impresionantes fotografías, recién ha publicado Luces y Sombras, un recorrido hacia Compostela (DiEditores/Amigo del Hogar, S. D., 2025, 220 páginas), bellísima edición en pequeño formato sin colores ni numeración de sus folios, que transporta al lector/espectador a la ruta de los peregrinos católicos hacia la tumba del apóstol. Es un encanto que este inesperado libro tenga por autora a una ingeniera de sistemas cuyo oficio es ser ejecutiva de una importante industria de colchones en Santo Domingo. La gran calidad de sus fotogramas y la sensibilidad de las breves golosinas en prosa poética merecen mi aplauso y recomendación. Che meraviglia!
¿Cómo callar a Tere y Marujita?
Hay tantos vericuetos en la aldea de las letras y el arte dominicano que a mí me resulta admirable que un país de apenas once millones de habitantes, con pocas librerías, pero muchísimos escritores, exista un genuino interés por dilucidar temas tan impopulares como preguntarse cuál es el valor o utilidad de la crítica literaria. El mundillo editorial nuestro, por donde se anda a riesgo sabido por las dificultades y asechanzas del imperio del resentimiento, muestra una pléyade de autores que a fuerza de su talento están siendo leídos por públicos extranjeros, rompiendo la tradición de las capillas insulares, como proponían los sorprendidos con su poesía de vocación universal.
El escritor Sergio Ramírez (Masatepe, 1942), premio Cervantes y vicepresidente de Nicaragua de 1985 a 1990, al ser despojado de su nacionalidad en 2023 por la dictadura de su antiguo compañero sandinista Daniel Ortega, reaccionó diciendo “la lengua es mi patria”, evocando quizás sin intención el lema “la lengua es la patria”, de la Academia Dominicana de la Lengua desde su fundación en 1927. Ramírez fue escogido por la Real Academia Española para ocupar la silla “L”, vacante al fallecer el Nobel 2010, Mario Vargas Llosa (Arequipa 1936-Lima 2025), quien aparte de peruano y español (desde 1993) fue también ciudadano dominicano (desde 2023). Curiosa cosa cómo una dictadura despoja de su ciudadanía a uno mientras tres democracias se congratulan teniendo como suyo a otro.
La lengua ciertamente es quizás el más poderoso vínculo unificador de naciones con una sola lengua. La calidad de su literatura, el arte que usa la lengua como instrumento, es usualmente tamizada por quienes ejercen el a veces odioso oficio de críticos literarios. En mis estudios de distintas culturas desde hace tanto tiempo que por pudor no digo cuánto, he visto pocos casos en que la crítica en la prensa, la que consume el público lector a diferencia de la académica, padezca como aquí un asedio tan tenaz por lingüistas, filólogos y gramáticos o similares acreditados científicos del lenguaje versados en lingüística. El análisis o disección del instrumento, como un violín en la obra de Vivaldi, me parece algo distinto a la apreciación del arte mismo, cuyos valores estéticos o simbólicos no deben reducirse a interpretar unívocamente su significado, su alegado propósito o intencionalidad o mensaje. La intuición y el criterio del lector usualmente cooptan la intención del crítico cuyo juicio se basa en alguna teoría abstrusa o sus propios prejuicios y resentimientos.
¿Matar a los delincuentes?
Rosa Silverio (Santiago, 1978), premio nacional de poesía en 2011 por su libro Arma Letal o la destrucción de las palabras (Editora Nacional, Santo Domingo, 2012, 63 páginas), cuyos parcos versos poseen una gran fuerza emotiva e íntima, es uno de los casos de escritoras dominicanas que conquistan públicos foráneos por la calidad de su obra. Desde 2002 ha publicado al menos diez obras en poesía y cuentos, acogidos por prestigiosas revistas literarias de Europa, donde han sido traducidos y publicados en catalán, francés, inglés, italiano y portugués, mereciendo varios premios. Nada mal para una jovencita que se dio a conocer como inquieta redactora del Listín Diario antes de emigrar en busca de mayores horizontes. Reside en España.
A los delincuentes hay que matarlos (Huerga y Fierro, Madrid, 2021, 127 páginas) es su más reciente colección de cuentos, en los que sigue explorando con una prosa irónica y sensual la fragilidad de los límites morales cuando sus personajes padecen el asalto de dudas ante los cambios de circunstancias, como emigrar desde la ruralidad a un ciudad opresiva y demandante. La angustia, el miedo y la soledad, enhebrados como hilos paralelos en una sola aguja que castiga al lector con desenlaces sorprendentes, pasan de uno a otro de los trece relatos independientes pero amarrados en un mismo nudo imposible de desatar. Han elogiado este libro Rosa Montero (Madrid, 1951), laureada escritora española, y Danilo Manera (Alba, 1957), conocido crítico e hispanista italiano.
¿Aún hay “compromiso social”?
Parece añeja y distante la época en que había políticos pensadores cuyas ideas poseían tanta atracción que a golpe de puro discurso creaban un ejército de seguidores o votantes. Pocos autores de estos días muestran una obra que obligue a revisar cómo pensamos el mundo. Recientemente alguien citaba equivocadamente un ensayo académico en la 6ta edición de la revista literaria española Sur, de 2015, del notable poeta y crítico andaluz doctor Antonio García Velasco (Málaga 1954-2023), cuya definición del compromiso literario es una expresión de denuncia social con intención transformativa para acabar con la opresión y la injusticia. Esa explicación, sin embargo, iba pareja con su acertado juicio sobre la imposibilidad de historiar el compromiso literario, puesto que la simplificación de esa definición se opone al componente estético de cualquier mensaje u obra artística. La brillante conclusión de García Velasco es que la literatura, el arte de la expresión verbal, no puede reducirse a la vulgaridad del panfleto u ordinariez del manifiesto político, sino que debe a sí misma ser y continuar siendo lo que es, una expresión artística que emplea como instrumento a la lengua. El afán por encajar todo dentro de los muy estrechos y absurdos parámetros de alguna unívoca poética es una bobería que, como el ritmo de un güirero despistado, irrita a mis primas y amigas Tere, Marujita y Mafalda. ¡Pero qué va… chi sa non discute!.
“La crítica literaria, según intento practicarla, es en primer lugar ‘literaria’, lo que es decir personal y apasionada. No se trata de filosofía ni de política”. Son palabras del formidable escritor estadounidense Harold Bloom (Nueva York 1930-New Haven 2019), profesor de humanidades en Yale y autor de más de 50 obras, entre ella su ensayo La Ansiedad de la Influencia (Oxford University Press, Londres, 1973, 166 páginas), su más importante propuesta teórica, en que explica cómo y por qué escritores nuevos usualmente se rebelan contra la sombra abrumadora de sus predecesores para procurar su propio nicho. Para mis colegas afrancesados u otros cultores de la poética del resentimiento, hay traducciones al español con una nueva introducción del propio Bloom, por Monte Ávila en 1991 y Editorial Trotta en 2009. En El Canon Occidental (Houghton Mifflin Harcourt, Nueva York, 1994, 578 páginas), Bloom argumenta en contra de la politización del estudio de la literatura y realiza una apasionada y erudita defensa de los valores estéticos de los escritores clásicos como Dante, Shakespeare y otros 24 autores. A mis estudiantes siempre les recomiendo incluir a Bloom entre sus referencias básicas y que estudien sus análisis de la literatura como una batalla psicológica que puede entenderse aplicando el psicoanálisis. A principios de este siglo, tuve el privilegio de saludar a don Harold mientras visitaba las bibliotecas Beinecke y Sterling Memorial en New Haven.
¿Dos gallos en un gallinero?
El historiador y periodista Miguel Guerrero (Barahona, 1945) ha publicado 18 libros, la mayoría ensayos históricos sobre el período posterior al ajusticiamiento de Trujillo en 1961, varios de ellos laureados, como su obra Al borde del caos (Editora Centenario, Santo Domingo, 2000, 263 páginas) que fue premio Feria del Libro-León Jimenes y además Premio Nacional de Historia en 2000. Como ejecutivo de El Caribe por muchos años, corresponsal de prensa extranjera y décadas como columnista diario sobre temas políticos y comentarista por televisión y radio, se ha labrado un sitial como relevante periodista y asesor en relaciones públicas.
Su más reciente libro es Balaguer y Bosch, los grandes rivales de nuestra historia reciente (Centenario, S. D., 2025, 258 páginas), en que compara las vidas paralelas de ambos estadistas, que dominaron la política dominicana durante casi medio siglo. Con prólogo por el jurista Milton Ray Guevara (Samaná, 1948), los 16 capítulos contienen pocas revelaciones que no haya tratado antes, pero sí ofrecen una visión más madura, reflexiva y quizás menos parcial que las opiniones apasionadas que ha expresado anteriormente sobre Bosch y Balaguer este excelente testigo de sus vidas, con autoridad para sus juicios anteriores como para su presente morigeración. Merece leerse.
¿Existe un “lector ideal”?
Christopher Domínguez Michael (Ciudad de México, 1962), editor en jefe de la revista Letras Libres, sucesora de la inolvidable Vuelta de Octavio Paz, es sobradamente reconocido como uno de los críticos más influyentes y respetados de la actualidad literaria hispanoamericana. En junio ofreció en el Collége de France una conferencia sobre el oficio de crítico en América Latina, que puede leerse íntegramente “online” en la más reciente edición de Letras Libres. Al ser presentado “como uno de los grandes críticos literarios de la lengua española” por William Marx, catedratico de literaturas comparadas, este esbozó el retrato del “lector ideal” y dijo: “Jorge Luis Borges escribió en alguna parte que los verdaderos lectores y los verdaderos críticos literarios son más raros aún que los escritores, y sin duda más preciosos. Me parece que esta fórmula se aplica perfectamente a Domínguez Michael. Es uno de esos críticos cuya obra no se limita a comentar la literatura: contribuye a organizarla, a transmitirla y a darle sentido”.
Ah, casi olvido: lo de “¿cómo beben los peces en el río?” es mi traducción al español, con licencia poética aprovechando la cancioncilla ibérica, del dicho informático schifezza nella schifezza fuori…
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