Devoción a los diccionarios

Desde que tuve conciencia y a leer formaron parte de mi vida

Desde que tuve conciencia, a tempranísima edad, de que la lectura, más que la escritura, era una vocación que comenzaba a activarse en mi vida, comenzó a desarrollarse en mí una extraña devoción por los diccionarios.

Probablemente, fue un producto de la casualidad o, tal vez, me resulta imposible precisarlo, se accionó como juego de abalorios -recuerdo la última novela de Hermann Hesse-, como si intentásemos ensartar piezas tras piezas hasta convertir aquel entramado en un rosario de la aurora, o si en vez de piezas fueran materias, dudas y escamoteos a la memoria, para unir conocimientos distintos, como un enjambre de universalidad tras las acepciones de palabras enriquecedoras.

Todo suena muy bonito al decirlo al cabo de décadas, pero en aquellos momentos el diccionario fue, tal vez, sólo una fuente de destellos que alumbraban  -como si se tratara de descubrir la piedra filosofal-, un camino despreocupado –eso sí me parece bien dicho- como fueron aquellos años en la aldea en que cualquier entretenimiento espantaba los fantasmas de la oquedad y el tedio.

He contado antes que un buen amigo, José de León Méndez, fue quien me enseñó la utilidad de acudir al diccionario bajo cualquier motivo o por la vil acechanza del demonio cuando nos instaba a escribir mal un vocablo o a emplearlo indebidamente, como ocurre,  con el mal sabor del asombro cotidiano, en las reseñas periodísticas de estos tiempos grises. José, que vivía a dos o tres cuadras de mi casa, aprendió inglés con un diccionario a cuestas y se le podía ver a diario con su instrumento y un texto en inglés, que no se yo de dónde lo sacaba, traduciendo palabra por palabra en el parque, en la plazoleta, en el campo de fútbol, donde fuese. Pero, a su vez, tenía a manos con frecuencia el diccionario de nuestra lengua, de seguro un Larousse Ilustrado, que contraponíamos a un Diccionario Ilustrado (¿por qué este título? Seguro, por los grabados que traía y porque ilustraba a los usuarios ¿no?) de marca Magnus, que apareció en mi casa con fecha de edición en Buenos Aires, 1955, y que todavía conservo.  Con nuestras armas en las manos, mi tocayo y yo convertíamos con frecuencia una mañana o tarde en una extrañísima, por inusual, velada de palabras nuevas, que sabe Dios qué utilidad cierta tuvo en nuestras vidas de lectores y, mucho después, de escritores en agraz.

Con los años dejamos de vernos. José se fue a Nueva York como muchos en mi pueblo. Un día cualquiera, caminando por Quinta Avenida, me topeté con él y ese encuentro fue una verdadera fiesta. Repasamos vivencias de antaño y nos convertimos, de pronto, en los amigos que habíamos sido, frente a libros y diccionarios, recordándonos cada anécdota vencida por el tiempo. Seguía en lo mismo. Venía de pasarse toda una mañana en la biblioteca -la New York Public Library- buscando datos para investigaciones que nunca publicó, leyendo algún libro deseado, repasando conceptos y mirando publicaciones en los anaqueles que él decía que sólo con eso bastaba para disfrutar el día. Hablaba ya inglés con la soltura y facilidad a que siempre aspiró y el diccionario -me dijo- lo seguía escoltando en cada sendero. Moriría poco tiempo después de aquel encuentro en Nueva York, inesperado y mágico.

Por ahí viene la cosa. El diccionario no es sólo un medio para buscar significados, entender mejor el uso de la palabra, enriquecer el vocabulario. Es una fuente de saber general, pues un vocablo nos transfiere al lexema y el lexema nos lleva al significante y en ese recorrido aprendemos una historia, y en la historia de la palabra encontramos sentido al habla que nos acoge. Hoy día, y desde hace rato, no es sólo María Moliner, Joan Corominas o Manuel Seco, nuestros auxiliares, sino también Marcos Morínigo, enseñándonos desde hace treinta años los valores del Español de América, o Martínez de Sousa permitiéndonos comprender los usos y dudas del español actual. No es sólo el diccionario de la RAE, sino que ahora lo completamos con el diccionario propio, el del Español Dominicano, con un equipazo comandado por Bruno Rosario y María José Rincón, del que formaron parte los académicos Fabio Guzmán Ariza y Roberto Guzmán, junto a otros colaboradores. Y para estar “alante, alante”, le seguimos los pasos a Seco, Andrés y Ramos que construyeron el fraseológico documentado del español actual, y creamos el fraseológico del español que hablamos en nuestra isla, con Irene Pérez Guerra y Roberto Guzmán.

Y más allá, cerca de acá, están el panhispánico de dudas y el español práctico de Ignacio Bosque, y el de palabras homófonas, homógrafas y homónimas de Ada Sofía Cortés. Y, en fin, tantos diccionarios como usos y posibilidades nos sean dados.

Pero, hay otras categorías. Los de relaciones interculturales, de términos literarios y artísticos, de autores, obras y personajes de la literatura latina, de grandes dirigentes y políticos, de lenguas indígenas activas, del español de países latinoamericanos, como los costarriqueñismos, los mexicanismos, los argentinismos, y hay uno sabrosísimo -diccionarios que pueden leerse casi como novelas o como textos de humor- del español actual de Colombia, tan rico en palabras que llamaríamos por aquí domingueras, con la inclusión del parlache, la jerga de marginados y otra ocurrencia de Ramiro Montoya sobre el madrileño urgente para colombianos. Y nunca dejo de lado al “Diccionario de Literatura” de Francisco Umbral.

Hay un diccionario reciente, muy especial, sobre griegos y latinos, a título personal, irreverente y sarcástico, de Luis Antonio de Villena; Jacques Attali creó uno sobre el siglo XXI, Camilo José Cela nos legó su famoso “Diccionario Secreto”, que aunque nunca concluyó, puso a valer a las palabras malsonantes, las prohibidas en público -hasta hace poco-, las malaspalabras, que tanto nos aconsejaron de pequeños no pronunciar y que hoy parecen tan comunes, aunque sigan un curso que no enriquece a nadie. Y por ahí guardo uno de refranes de Margarita Vallejo de Paredes que pone a uno con la cabeza al caco, a sacar de nuestros afectos a cualquier personaje, o sea a borrarlo con sica de gato, a echarle leña al fuego, aunque siempre resulte mejor echarle agua al vino.

Los dominicanos tenemos tradición en el conocimiento del español que nos identifica. La tarea la inició el primer filólogo nuestro Patín Maceo en 1940 con su célebre diccionario de dominicanismos. Y luego, Carlos Esteban Deive hizo otro, con muchas más entradas, treinta y tantos años después que el de Patín. Existen otros intentos en este orden, pero es necesario anotar el “Diccionario de Dominicanismos y Americanismos”, del lexicógrafo don Max Uribe, que es un libro señero donde encontraremos la explicación de los orígenes de cada palabra incluida.

En fin. No hay nada mejor que un diccionario para ilustrarse, para regodearse con las palabras, para convertir la palabra en entretenimiento y saber, para conocer nuevos mundos en este amplio universo que el español nos regala, lengua madre y protectora que nos auxilia permanentemente para que nuestra forma de comunicarnos con nuestros pares realce la buena habla, el buen uso de la lengua. Ah, y desde luego, el diccionario nos ayuda a escribir y a pensar mejor. Debo a José de León Méndez esta devoción que sigue acompañándome.

LIBROS
  • Diccionario de Mexicanismos

    Planeta, México, 2022, 791 págs. más índice de , mexicanismos exclusivos. Producido por un gran equipo de lexicógrafos y biólogos, al servicio de la Academia Mexicana de la Lengua. Incluye el vocabulario propio y el compartido de uno de los pueblos más admirados del mundo.

  • La punta de la lengua
    Críticas con humor sobre
    el idioma y el Diccionario

    Álex Grijelmo, Santillana, 2005, 327 págs. Textos independientes que caminan sobre el filo del idioma. Un hilo común: el deterioro de la lengua, su reflejo en los periódicos, las letras de canciones, los discursos…y su entrada al Diccionario.

  • El puto que lee

    Revista Barcelona, Buenos Aires, 2006, 254 págs. Diccionario argentino de insultos, injurias e improperios. Nueve expertos encaminan su vocación hacia el conocimiento de las palabras que sirven para ofender, provocar o irritar.


Escritor y gestor cultural. Escribe poesía, crónica literaria y ensayo. Le apasiona la lectura, la política, la música, el deporte y el estudio de la historia dominicana y universal.