Esos haitianos traviesos
Una isla y dos naciones frente al debate de la identidad
¿Qué tienen en común Jean-Riener Bellegarde, Wilson Isidor y Duckens Nazon? Que son prominentes jugadores de fútbol nacidos y criados en Francia.
Los tres comparten otra condición: forman parte de la selección nacional de Haití. Los dos últimos, delanteros, juegan en el Reino Unido en una de las ligas europeas de mayor calado. No son simples jugadores, sino estrellas que en el medio campo y en el ataque a la portería rival marcan la diferencia. Lo vimos recientemente en el país, donde hicieron añicos a la defensa dominicana.
Isidor y Nazon nunca han vivido en su media isla. Lo que no les impidió formular afirmaciones que han encendido el nacionalismo dominicano: que la isla es una e indivisible, y que, por tanto, se entiende, al jugar aquí lo hacían en Haití.
La embajada haitiana tomó distancia de esas ocurrencias. Hizo bien. Una cosa es compartir geografía y otra, soberanía. El territorio aproxima; la historia distingue. Ninguna victoria deportiva convierte dos países en uno, por mucho entusiasmo que produzca el marcador.
Aparcados la reacción y el fervor nacionalistas, otro elemento sobresale. Nacidos en Francia, sin más verdad cultural que la francesa, eligen la camiseta haitiana. Son franceses que se saben haitianos, y lo proclaman. Si estos jugadores, criados en la riqueza y el desarrollo, optan por Haití sin que nadie se lo exija, ¿por qué no hacen lo mismo los haitianos nacidos en la República Dominicana que, según la Constitución, no son dominicanos? En vez de seguir ese ejemplo y asumir la nacionalidad de sus padres, reclaman una que la ley no les reconoce.
En tiempos trumpistas, hasta las formulaciones más descabelladas encuentran eco. Conviene que el árbitro, sin necesidad del VAR, expulse a Isidor y Nazon, ¿y los envíe a Francia o a su Haïti chérie?
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